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Memoria viva
Exhumación de los restos de don Luis de la Rosa
Manuel González Ramírez
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20 de Junio del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Cortesía / Imagen de la placa que protegía el espacio donde descansaban los restos del ilustre.

Este ilustre zacatecano nació en el mineral de Pinos, el 23 de mayo de 1805. Destacado intelectual, periodista, escritor, servidor público y diplomático.

Falleció en la Ciudad de México el 2 de septiembre de 1856, donde recibió el último adiós con todos los honores.

Luego, sus restos fueron inhumados en el Panteón de San Fernando, en pleno corazón de la capital del país junto a muchos personajes notables de la historia nacional. Ahí descansarían hasta el día 22 de mayo de 1998, cuando fueron exhumados para trasladarlos al estado de Zacatecas… hace 20 años.

Desde mayo de 1997, el gobierno del estado de Zacatecas ya estaba realizando los trámites legales para la exhumación y traslado de los restos de don Luis de la Rosa Oteiza.

Finalmente, el viernes 22 de mayo de 1998 se llevó a cabo la exhumación en el Panteón de San Fernando. 

A las 14:00 horas nos congregamos ahí, los representantes del Gobierno del Estado de Zacatecas en el Distrito Federal, el notario público número 210 del D. F. Ricardo Cuevas Miguel, autoridades de la ciudad de México, operarios del panteón, descendientes del homenajeado y el autor de este relato que tenía la encomienda de trasladar los restos a Zacatecas.

El ahora denominado Panteón-museo de San Fernando, situado al costado noroeste de la alameda central, alberga los cuerpos de importantes personajes del siglo 19.

Algunos descansan en tumbas y faustuosos mausoleos, dentro del perímetro del panteón. Mientras que la mayoría de ellos que ya no alcanzaron terreno fueron inhumados en las gavetas que están en los muros de dicho cementerio.

A don Luis le correspondió una gaveta, por cierto, de las más altas. De tal suerte que fue necesaria la colocación de un andamio especial para tener acceso hasta el sitio donde se encontraba.

Ahí estaba una loza de mármol que sólo tenía un sencillo marco tallado y al centro la inscripción podía leerse: «Luis de la Rosa. Setiembre 2 de 1856».

A la 2 de la tarde con 8 minutos, los empleados del panteón comenzaron su trabajo. Cincelaron alrededor de la loza hasta separarla del muro.

En ese momento, apareció un sello hecho a base de ladrillos y cemento que fueron retirados con la ayuda de un cincel y un marro. Luego, pudo visualizarse una parte de un ataúd de madera que estaba ornamentado con figuras metálicas.

El siguiente reto consistió en sacar el féretro del estrecho lugar donde se hallaba. Hubo varios intentos fallidos por dos razones. Al contacto con el aire, el catafalco tendía a romperse y, por otra parte, tenía un peso abrumador.

Con demasiados esfuerzos y con la intervención de más voluntarios fue posible sacar el ataúd. Enseguida lo bajaron del andamio y lo colocaron en el piso ante la mirada atónita de los testigos. El féretro tenía la forma de un rectángulo irregular, es decir, ancho de un lado y estrecho del otro.

Al retirar la madera quedó a la vista… ¡un ataúd metálico! Que estaba sellado a fuego, dicho de otra forma, utilizaron metal derretido para sellarlo herméticamente.

La única forma de abrirlo en ese instante, los afanadores comenzaron a cortar la tapa del féretro con la ayuda de un cincel y un marro. Esta tarea se asemejaba demasiado con la manera de abrir una lata con un cuchillo y un martillo.

Después de quitar la tapa y para sorpresa de quienes estábamos ahí, apareció otro ataúd de las mismas características que el anterior. Virtud a ello, la técnica para abrirlo fue la misma.

Tras cortar la hoja metálica de la parte superior del catafalco, ante la mirada estupefacta de los ahí presentes, quedó al descubierto un montón de carbón. 

A juzgar por la forma en que cada persona lo veía, nos daba la impresión de cada quien se hacía preguntas y buscaba respuestas acerca de la presencia del carbón. Algunas conjeturas fueron emitidas en voz baja entre los asistentes.

Todos los trozos de carbón fueron retirados con sumo cuidado, hasta quedar visible un esqueleto que estaba cubierto con una especie de manto funerario que tenía bordados algunos motivos ornamentales con hilo de oro.

Íbamos de sorpresa en sorpresa en este singular proceso de exhumación. Uno de los descendientes de don Luis de la Rosa fue sacando con sus manos cada uno de los huesos y los fue depositando en una urna de madera que se había llevado desde Zacatecas para tal efecto.

Finalmente, a las 3 de la tarde con 25 minutos, la urna fue sellada y depositada en las oficinas del panteón, ya que al día siguiente, en la explanada del cementerio se llevaría a cabo la «Ceremonia Solemne de Exhumación».

El ataúd volvió a su lugar original junto con una urna pequeña de madera en la que se depositó un pergamino cuyo texto manuscrito dice: «[Aparece dibujado en la parte superior el escudo de armas de Zacatecas] Gobierno del Estado de Zacatecas. Testimonio Ad Perpetuam.

En esta gaveta No. 636 del Panteón de San Fernando de la Capital de la República Mexicana, yacieron los restos del ilustre liberal zacatecano D. Luis de la Rosa Oteiza, quien nació en la ciudad de Pinos, Zac., el 23 de mayo de 1805 y expiró en la ciudad de México el 2 de septiembre de 1856.

A fin de honrar su memoria ad perpetuam, en su estado natal, sus restos fueron exhumados el día 23 de mayo de 1998 para trasladarlos a la ciudad de Zacatecas y se depositaron en el
Mausoleo de los Hombres Ilustres en el cerro de La Bufa, el 25 de mayo de 1998; en cumplimiento al Decreto No. 243, del 19 de marzo de 1998, expedido por la H. LV Legislatura del Estado de Zacatecas y publicado en el Periódico Oficial, órgano del Gobierno del Estado, el 8 de abril de 1998.

Damos fe: Lic. Arturo Romo Gutiérrez. Gobernador Constitucional del Estado. Lic. Judit M. Guerrero López. Secretaria General de Gobierno. [Dos rúbricas]». Lo que vino después… es otra historia: el traslado a Zacatecas.

Cronista del Estado de Zacatecas*