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¡Qué padre, mi padre!
Sigifredo Noriega Barceló
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20 de Junio del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Este domingo pasado se prestó para admirar, contemplar y agradecer la grandeza de la sencillez de quienes nos han engendrado a la vida. El día de la madre se celebra el 10 de mayo (en México) sin importar el día de la semana. En cambio, el del padre siempre es en domingo, quizás porque es “el señor” (¿sigue siendo?) de la casa, o por otras razones. De cualquier forma nos da la oportunidad para mirar serenamente a esta persona tan significativa en las historias que vive y escribe en/con su familia.

Recordar el Día del Padre despierta sentimientos de memoria agradecida. También ayuda a reflexionar sobre los retos de ser padre en tiempos en que nuestra sociedad parece huérfana de referentes de autoridad. Ser padre no se agota en la generación, acompañamiento y educación de la vida. Podemos hablar de paternidad en muchos sentidos… Sin embargo, hablar del día del padre es una invitación a mirar el rostro y leer la historia de alguien tan cercano que -junto con nuestra madre- ha dejado en nosotros la huella genética del amor. ¡Qué padre es nuestro padre!
La Palabra de este domingo pasado habla de las cosas pequeñas de la vida de cada día.

Se convierten en cosas grandes porque construyen el Reino de Dios en el amor silencioso de/a los nuestros. Jesús usa parábolas (imágenes y comparaciones sencillas) para invitarnos a ver la profundidad y trascendencia de lo que parece pequeño e intrascendente. Toma ejemplos de la vida cotidiana (la que no necesita publicidad) para anunciar y explicar cómo se genera y crece el Reino de Dios. Nos habla de semillas: la que crece por sí sola y la pequeña del grano de mostaza.

Qué bueno que Dios no trabaja con reflectores. Parece no tener prisa, no fuerza nada, ni emplea marketing; no inunda la tierra de predicadores, ni nos apantalla arrancando violentamente la cizaña que hay en el mundo. Es que el amor trabaja aparentemente con lentitud, en el silencio de lo pequeño; así es como la vida se gesta, nace, crece, madura. Dios parece trabajar de incógnito en el mundo, siempre con la eficaz paciencia del amor. Dios no deja de ser padre providente, generoso, trabajador, alegre… Siempre que rezo el “padre nuestro” pienso en Dios, nuestro Padre y en el padre que me ha dado en la tierra. ¡Qué padre!, dicen los chavos.

Agradezcamos a Dios su trabajo en la creación que no termina. Asumamos con responsabilidad la parte de la creación que nos ha sido confiada. Hagamos con amor las tareas pendientes para que nuestra tierra sea cada vez más habitable. Valoremos las pequeñas semillas de verdad, bondad, justicia, solidaridad, amor… que sembramos cada día. La paternidad nos recuerda que somos socios de Dios en la construcción de un mundo mejor y accionistas en las semillas del Reino en la tierra…. También en tiempos electorales…
¡Felicidades, papás! Mil bendiciones, familia.