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Profesora en riesgo
Huberto Meléndez Martínez
~
10 de Julio del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




A la maestra Rosa María Amaya Maldonado, cuyas ilusiones laborales se hicieron realidad.

Varios vecinos de la comunidad querían dar un escarmiento fuerte a la maestra. Se respiraba un aire saturado de ira y deseos de venganza. Hasta hubo quien, envalentonado, se ofreció a despacharla al otro mundo, cegado por el coraje de ver a sus hijos enfermos. Y todo por hacerle caso cuando trajo de otro lado unas mujeres vestidas todas de blanco para inyectar a sus hijos.

Los rumores eran el reflejo del ambiente de ignorancia en el que estaba sumida la comunidad. Varias personas creyeron que las ampolletas eran para esterilizar a sus niños. Pese a lo disperso y aislado de las viviendas, la comunicación sobre los males de sus pequeños corrió como cohete buscapiés en tiempos de feria patronal.

Creyendo hacer un bien a la infancia del poblado, ella consiguió la campaña de vacunación, sin contar con la vulnerabilidad física de los niños, quienes presentaron diversos cuadros de reacción a los medicamentos. Tuvo que permanecer escondida toda una semana, después de la cual se obligó a ser más prudente en las ocasiones sucesivas.

Para la suerte de la mentora, el buen juicio imperó en varias madres y padres de familia, quienes se asumieron en su defensa analizando sus acciones, pretendiendo tomar una decisión trascendente.

Recordaron la atención ordinaria hacia los alumnos reconociendo su actitud amorosa por ellos, diferente, organizada y cumplida respecto a la gran cantidad de maestros que le antecedieron (quienes renunciaban al mes o en cuanto recibían su primer sueldo, extrañando las comodidades del medio urbano), organizaba campañas de limpieza, aplicaba todas las tardes en ensayar actividades artísticas para los festejos escolares; advirtieron en muy poco tiempo los aprendizajes de sus vástagos. 

Ella había conseguido la construcción de una terracería para evitar el aislamiento y establecer la comunicación con otras comunidades. Ese camino redujo considerablemente el tiempo y la distancia, pues anteriormente pasaban numerosas vicisitudes para trasladarse a la cabecera municipal: tardaban una hora en el camión pasajero, más tres cuartos de hora en lancha de motor y dos horas a caballo. Debían ir armados con machete y un bastón de dos metros de largo (coa), para afrontar peligros de diversas alimañas salvajes.

Juanito fue crucial en su vida. Un alumno que se asumió como intérprete al exponer sus clases porque en su familia tenían la virtud de hablar la castilla (el Español), además del mazateco (lengua materna). Ese niño había corrido mundo. Comprobó las enseñanzas de la maestra, sobre la forma de convivir, vestir, hablar, trabajar en personas que vivían otras partes, cuando  viajó con su papá a la cabecera del municipio.

Pese a las explicaciones del personal médico que, gracias a las gestiones de la docente les visitaban con mayor frecuencia, sobre la resistencia orgánica de las personas hacia las vacunas, varios vecinos quedaron insatisfechos, pero contuvieron sus impulsos de castigar a la profesora.

Aún en la actualidad, a riesgos similares han estado expuestos los maestros rurales.