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El bueno, el malo y el gobierno
Juan Carlos Ramos León
~
19 de Abril del 2015 20:47 hrs
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Liga Corta




Cada vez me siento más decepcionado de cómo funcionan -o mejor dicho, no funcionan- las cosas en nuestra sociedad. He sufrido en carne propia lo que es pretender instalar un negocio formal con todas sus desazones y notado con indignante sabor de boca cómo el camino es abismalmente más sencillo -y rentable- para quienes optan por tomar la ruta de la informalidad, amén de aquellas actividades que más que informales pasan a ser ilegales.

Los gobiernos se jactan de implementar centenares de programas supuestamente orientados a incentivar la inversión pero la realidad es que los ciudadanos de a pie que caminamos descalzos por las calles de la realidad económica no más no los vemos. 

Por el contrario, a todo aquel aventado que se anima a emprender un negocio para pronto le brincan encima las instancias que todos conocemos y de cuyo nombre no quiero acordarme y tantas otras que a veces ni se sabía que existían, pero que traen “fundamentos legales” para exigir su tajada, de manera tal que, si el negocio llegara a generar un pequeño margen de utilidad, si no se lo acaba la situación económica, se lo acaba el propio gobierno.

En contraste, los informales e ilegales prosperan y proliferan sin que nadie los voltee a ver, y si acaso alguien les pone el ojo en la mira… todo se arregla.

Y no se trata ya de hacer leyes sino de aplicarlas, pero aplicarlas de veras. A veces me pregunto ¿qué pasaría si en lugar de dejar a ejercicios de elección popular a los legisladores lo hiciéramos, por ejemplo, con los que administran e imparten la justicia? 

¿No valdría más recortarles el presupuesto a la mitad a las cámaras y aventarle todo ese billete a los juzgados a fin de que, con una estricta selección de los candidatos, se lograra refinar los procesos judiciales para que los que la hagan de verdad la paguen?

Veo con gran desaliento cómo tantos mexicanos tienen qué irse de su país por la falta de oportunidades. Y no me refiero solamente al interminable éxodo de paisanos que se van “de mojados” al vecino del norte, sino de gente preparada y hasta reconocida que triunfa en otros países, ya que tuvo que abandonar el suyo porque le quedó chico.

Nuestros gobiernos deberían de preocuparse de veras por escuchar las voces de tanta gente a la que le interesa progresar; es demasiado notorio cuando los funcionarios encargados de promover la actividad económica andan detrás de grandes consorcios y hasta van por ellos al otro lado del mundo para hablarles de las maravillas de sus regiones pero a los que llegan a buscarlos a sus oficinas con buenas ideas los ven chiquitos y orejones.

Es tiempo de que nuestras autoridades salgan de su letargo para que México crezca. Los mexicanos ya estamos cansados de ser los chaparros del mundo.

*Ciudadano de a pie