×
×
×
×


Búsqueda


Introduzca su búsqueda



Cartas desde el exilio
?El dardo de Francisco
Miguel G. Ochoa Santos
~
14 de Febrero del 2016 22:16 hrs
×


Compartir



Liga Corta




En su visita a México, el Papa Francisco ha sido contundente con relación a los problemas que enfrenta el país. Su crítica al poder político y, también, al económico ha resultado más incisiva que el tibio cuestionamiento de una izquierda partidaria, acostumbrada a pactar con el régimen para sacar raja monetaria y conquistar mediocres posiciones en la lotería electoral.

La voracidad mostrada por los dirigentes para obtener ganancia política del viaje papal se ha transformado en un bumerang macizo, ha golpeado mortalmente el cínico caparazón del que éstos hacen gala cotidianamente. En las paredes de la sede del poder nacional, ha lanzado un puñetazo contra los adictos al dinero,  aquellos que han puesto a México en el inmerecido lugar de la abundante marginación, impresentable exclusión y pobreza rampante.

Con sus palabras corrosivas, el Papa ha destruido el prejuicio mayúsculo de los últimos años, acuñado en los intersticios de la mercadotecnia mediática. La corrupción no es parte de una cultura ancestral de los mexicanos, como tampoco un rasgo inherente a una abstracta condición humana. Por el contrario, sus pestilentes aguas han sido derramadas desde las alturas del poder sobre el espacio nacional, inundando instituciones y almas. 

Claramente podría identificarse el origen de este sempiterno mal, pero la voluntad de acabar con esta ciénega pútrida no forma parte de la antropología de nuestros administradores y jerarcas. Acaso por ello, Francisco reprochó a los encumbrados de la Iglesia su connivencia con este poder corruptivo, exhortándolos a dejar las cobijas de la prosperidad, así como la crónica sumisión a los intereses políticos y materiales, para ir al encuentro del dolor callejero, ese que todos los días discurre por este territorio del desastre con atronadora resonancia.

El Papa Francisco nos recuerda que al prójimo no se le encuentra en los pasillos de la bolsa de valores, ni en los ríos del asistencialismo programado, ni en los trapicheos mercantiles, sino en el umbral de la empatía.