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Historias de Lobos
Mi delito...drogarme
Ivonne Nava García
~
19 de Marzo del 2016 22:28 hrs
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Liga Corta




El uso y abuso de sustancias conlleva una serie de problemas, que van desde los más leves hasta otros gravísimos. En todos, la salud física y mental está en juego, así como la vida y la libertad. Desde mi punto de vista, las cosas más importantes que posee el ser humano están en riesgo.

En esta historia un hombre narra cómo se fue metiendo poco a poco en un callejón sin salida. La necesidad económica, la desesperación y la soledad lo llevaron a estar preso

Pura pobreza

Vivía en una de las colonias más chidas de Zacatecas. Ahí me hice, me forjé a puros jodazos de la vida.

No me hago la víctima, esa vida me tocó vivir y lo acepto. Mi jefe nos abandonó cuando yo estaba bien morrillo. 

Se fue con otra vieja, dejó a mi jefa sola con 6 hijos. Como pudo, mi jefecita nos sacó adelante. No nos dio estudio porque no había con que, o tragábamos o nos compraba un cuaderno. Había días que a puras tortillas nos tenía. 

Mi “jefita” lavaba ajeno y se iba a trabajar haciéndoles el que hacer a las “ñoras” ricas. De lo que le regalaban nos vestía. 

Fui creciendo y mi jefa casi no asistía a la casa, bueno en el cuarto que vivíamos. No teníamos baño y mi jefa cocinaba en un brasero. 

Nos dormíamos en unos colchones que teníamos en el suelo. Cuando mi jefe nos dejó, a mi jefa no le quedó de otra más que llevarnos para allá.

Soledad y tristeza

En el barrio nos juntábamos todos los chavalillos a jugar a las piedras y con las fichas de las sodas le hacíamos las llantas a nuestros carritos. 

Otros de los morrillos se iban a juntar basura y a veces regresaban con juguetes viejos y ese día era de pura fiesta.

Yo me empecé a juntar con unos batos más grandes. Esos batos siempre traían feria y baro. 

De primero me mandaban por las chelas y me daban un peso.

Yo me iba con ellos porque me sentía solo, eso de que mi jefe se fuera y no nos pelara si me dolía feo. En veces me lo llegué a encontrar con su otra vieja y ni me miraba. 

La primera vez que me lo topé me acuerdo que mis tenis estaban bien rotos y yo pensé que mi jefe no me había querido saludar porque le daba vergüenza que su vieja lo viera saludándome con los tenis rotos. 

La segunda vez que me lo topé mi jefa ya me tenía unos zapatos que le habían dado en una casa. Y que me animo a saludar a mi jefe, yo tenía como 11 años. 

Cuando lo saludé, mi jefe me dijo que me hiciera para un lado y que no lo anduviera molestando porque yo no era su hijo. Eso me partió la madre y cuando llegué al barrio, me sentía bien mal yo iba llorando. 

Me topé con mis cuates que estaban pisteando. Me arrimé para con ellos y me dijeron échate una y le entré al pisto. 

Yo sentí como me iba bajando algo caliente y las ganas de chillar se me quitaron, me entró mucha risa y de ahí supe que el pisto era lo mío.

Me hacía sentir bien

Cuando me echaba mis pistos era otro, la vida cambiaba, me sentía feliz, me reía de todo, mis problemas se me olvidaban y se me pasaba rápido el tiempo. 

Así pasó el tiempo, yo ya fumaba y un día me dijeron que si quería de la buena, yo ya los había visto que le entraban y les dije que sí. 

Me transporté a otro lugar, era como un viaje a donde yo quisiera, hasta los colores los veía más bonitos.

Ahí conocí la marihuana; tenía apenas 13 años.

No me gustaba tanto porque me entraba harta hambre y en mi cantón no había qué tragar. Luego, mis cuates me dijeron que para tener qué tragar había que trabajar y para tener más de la buena tenía que trabajar más. 

Me dijeron que si los ayudaba a vender iba a conocer lo que era la vida. Yo les dije que no, porque ya había visto que se los llevaban al bote o los levantaban los cuicos. 

Como les dije que no, ya no me invitaban pisto ni pasaban la mota. No me quedo de más que entrarle al negocio. Yo estaba morrillo, tenía 14 para ese entonces, ya rayándole a los 15.

Se metió al negocio

Me dijeron que me iban a dar una bolsita y que me fuera a la secu y que vendiera “churros”. Así le hice y que me empieza a entrar la lana. Yo les compraba la bolsita y luego le sacaba lo doble, porque a los “churros” les ponía poquita hierba para que rindiera. 

Un día se me puso bien mala mi jefita, le dio la pulmonía porque era para un enero estaba haciendo mucho frío y me jefa estaba lavando y planchando en una casa y como salió ya oscuro le dio un aire y ya casi se me muere. Ni a donde llevarla, no teníamos ni tenemos seguro. 

Les conté a mis cuates y ellos me dijeron que me alivianaban con la lana para curar a mi jefa, pero que se los tendría que regresar con favores. 

Pues ni pedo; le entré. Me dieron la lana para mi jefa que sí se curó. Pasaron como 8 meses y estos batos no me decían nada, solo me seguían vendiendo las bolsitas de mota. 

Un día uno de ellos me dijo que ya querían el dinero y les dije que no les había juntado nada. Me subieron a una camioneta y me iban a golpear, pero que se sube la morrilla de él y ya no me pudieron hacer nada.

Luego llegó el otro bato a la casa y me dijo que ahí me dejaba eso para que lo probara y se me quitara el susto; era cocaína. 

Me la metí y el subidón fue bien perrón.

Me envicié

El bato fue otra vez al cuarto y me dijo que los ayudara a tirar las dosis, que no me iba a faltar para mí y con eso pagaría la lana de las medicinas de mi jefa. Le entré otra vez al negocio y me empezó a ir bien. 

Le echamos la loza al cuarto, le compré una estufa a mi jefa y compré unas literas para mis carnalillos. Mi jefa me preguntaba de dónde era la lana y yo le decía que trabajaba en un taller. 

El único pedo fue que yo le metía mucho a la madre esa. Me envicié y eso fue mi perdición. Luego le entré al cristal, pero eso ya era otro boleto. Era andar en las grandes ligas de eso se da poco. 

Para esto ya había alcanzado los 18 y me empecé a ir a la zona de tolerancia, el cristal se vende muy bien con los “puñales” de la zona de tolerancia, las viejas que trabajan ahí a veces también le entran, pero ellas le ponen más a la cocaína. 

Yo miraba cómo se ponían los que iban ahí. Se daban sus toques, luego le ponía a la coca y las viejas le ponen a la coca para aguantar despiertas y alivianarse rápido, para que los clientes le sigan consumiendo. 

Era buen negocio, pero ahí se paga por todo y había que repartir mucha lana para que el negocio siguiera funcionando

Preso

Si no me hubiera enviciado tanto, quizá ahí siguiera. Me empecé a meter más de lo que vendía y la gente de más arriba se empieza a enojar porque no les entra la lana. Y las deudas crecen. 

A mi jefita ya no le faltaba nada, mis carnalillos ya estaban yendo a la escuela. Yo les decía que era velador y que por eso trabajaba de noche; mi jefita sí me la creía. 

Un día llegaron los policías, yo andaba bien pasadote y borracho no sabía ni qué. Me les puse y me hicieron un cateo en el cuarto, mis carnalillos estaban paniqueados, me encontraron 640 gramos de marihuana, por eso estoy aquí. 

Yo les digo que era para mí consumo, pero ya me echaron 12 años. Mi jefita hizo unos ahorritos de su trabajo. Con eso viene a traerme los huevos y el aceite. Aquí me metieron a conocer a Dios y por eso es que me estoy arrepintiendo. 

De todos modos no voy a salir, ya me dijeron que no me van a bajar ni tantito la sentencia, pero aquí ya estoy aprendiendo a trabajar. 

Aquí hay muchas broncas también, me ha costado mucho dejar de meterme marihuana, aquí todo se consigue, pero debo hacerlo para que mi jefa y mis carnalillos estén bien. 

Estoy arrepentido de haber vendido drogas porque los morrillos no tienen la culpa. Se destruyen la vida