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A media asta

Juan Carlos Ramos León      21 Sep 2014 22:00:11

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Cuenta una leyenda que cuando Da Vinci pintó “La Última Cena” escogió por modelo para la imagen de Jesús a un hombre cuyo rostro transmitía bondad, paz y amor.

Transcurrido un tiempo considerable entre el inicio de dicha obra y su culminación, a través del cual uno a uno fue modelando a todos los discípulos, llegó el momento de plasmar a Judas Iscariote, el traidor.
Para encontrar al modelo ideal, Da Vinci visitó varios sitios de mala muerte hasta que se encontró con un individuo cuyo rostro reflejaba desesperanza, angustia y maldad.

Al proponer al sujeto en cuestión el papel éste se soltó a llorar desconsolado argumentando: “cuando iniciaste tu obra fue a mí a quien escogiste para modelar a Jesús; la vida me ha golpeado y he caído tan bajo que hoy represento para ti lo opuesto y eso me llena de una profunda tristeza”.

El pasado viernes 19 de septiembre se cumplieron 29 años de aquel trágico suceso ocurrido en la capital de nuestro país en el que varios miles de personas perdieron la vida. La bandera, ondeando a media asta, estuvo allí para recordárnoslo e impedir con ello que borremos de nuestro recuerdo a las víctimas y procuremos honrarlas, cada quien a su manera.

La fecha coincide con la ocurrencia de otro fenómeno natural que devastó una región importante -por lo menos turísticamente- del Estado de Baja California Sur.

Analicemos los contrastes.
Ciudad de México, 19 de septiembre de 1985: Una nación entera se unió para enviar ayuda a los damnificados; para quienes fue posible salir a las calles a buscar sobrevivientes entre los escombros, con el riesgo de su propia vida, no hubo lugar a dudas; todo México se puso en acción.

Los Cabos, Baja California Sur, 14 de septiembre de 2014: Tras el paso del huracán “Odile”, los hechos que más atrajeron la atención de los medios de comunicación fueron la rapiña y los saqueos a comercios, tiendas de autoservicio y hasta casas habitación.

Era indignante contemplar en los noticieros imágenes de quienes salían cargando hasta con televisores y otros electrónicos de las tiendas, aprovechándose del caos y la confusión.

¿Qué nos ha pasado como pueblo para que nuestro rostro refleje valores completamente opuestos a los de hace 29 años? ¿Por qué el mexicano que antes tomaba en sus manos una pala para sacar a su compatriota de debajo de los escombros ahora la toma para evitar que entre a su casa a robarle?

Y la única respuesta que encuentro es que, de los libros que llevan nuestros hijos en las escuelas, hemos arrancado aquellas páginas que hablaban de valores y solo les hemos dejado como modelo de vida a líderes y políticos corruptos.

Y tenemos que aceptar que, mientras no se produzca un cambio radical en nuestra cultura, la bandera de México ondeará siempre a media asta.

Ciudadano de a pie




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