Sunday 11 de December de 2016
»El taxista conoce la canción en un restaurante de Zacatecas  

Adelita 

Redacción      30 Aug 2014 20:51:08

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(César Navarrete )
(César Navarrete )
“La verdadera historia de la canción, aquella que fuera himno revolucionario de la División del Norte, pocos la conocen tal como en realidad es, o por lo menos la han malinterpretado.

“Ha servido de argumento a una película y ha ido de boca en boca sin apegarse a la verdad, una verdad tan simple y tan vulgar como es insignificante historia de amor, muy común en nuestro medio romántico y pasional de nuestra raza.  

“Adelita existió, existió la mujercita que inspiró la canción, pero lejos, muy lejos de ser aquella que la leyenda nos describe.

“La fantasía de los poetas y el romanticismo de algunos escritores, nos la describen como una mujer excepcional, plena de relieves novelescos y heroísmos de la época medioeval.

“Y la verdad, aún cuando ésta arranque de nuestras mentes la figura de la fábula de una mujer bonita y valiente que luchó por un amor muy grande al lado de un hombre de la Revolución, hay que decirla y contarla como tal y como fue, simple, sencilla y llanamente.        

“Ildefonso y yo, ya de regreso a nuestro tren, después de haber dejado aquel baile que pudo ser trágico, nos dispusimos a descansar en nuestros improvisados lechos.

“Al día siguiente, al toque de Diana nos levantamos para hacernos presentes a la hora de la lista. Pasada ésta recordé a Ildefonso la promesa que había hecho el día anterior de llevarme hasta uno de los trenes de Urbina, para que conociera personalmente a Adelita, la mujer aquella que había servido de inspiración para el cántico revolucionario que convertido en himno, entonaran los revolucionarios a las órdenes del compadre de Villa, general Tomás Urbina, ya que para esas fechas la canción no se había popularizado, sino en una parte de la División del Norte, ya que mucha gente del guerrillero de Durango no la conocía, como yo mismo.    

“Ildefonso iba a cumplir su promesa, pero no antes de que tomáramos un refrigerio a guisa de almuerzo, para lo cual sugirió que nos fuéramos a la estación, lugar donde se habían concentrado todas las vendimias. 

“En efecto, ahí había esparcidas por todas partes las más variadas fondas improvisadas, desde una misérrima mesita con una banca burda de madera, en donde se vendían cafés negros con alcohol, hasta gigantescos manteados con sillas y mesas de restaurant donde podía adquirirse el espumosos chocolate, hasta la suculenta comida a la carta.

“El bullicio era como de feria, casi no había lugar dónde sentarse, todo estaba lleno de hombres armados, gente de la nuestra que como nosotros había ido en busca del frugal desayuno.

“A duras penas nos sentamos al lado de una señora que se hacía pedazos para atender sola a tanto parroquiano. Vendía menudo al estilo Chihuahua, el mejor de toda la República a decir de los más expertos y conocedores de la materia.

“Cerca de la mesita en derredor de la cual habíamos tomado asiento, se erguía uno de esos restaurantes manteleados llenos de vistosos adornos de palmas y anuncios policromos.

“No había ahí tampoco ni un solo sitio desocupado. Todas las mesas habían sido insuficientes para tantos comensales. Ildefonso pronto descubrió alguien sentado en una de esas mesas y bajando la voz tanto como pudo, me susurró:

“‘Mira, pero no voltees ahora, aquel que está sentado en aquella mesa es el general Urbina, trae texano negro’.    

“Pasados algunos momentos, disimuladamente volví la cara y descubrí lo que se me había indicado. En su derredor, de pie, había mucha gente y más allá, fuera del manteleado, un grupito de músicos que afinaban sus instrumentos, los cuales momentos después empezaron a tocar una hermosa pieza de música que no había oído antes. Los músicos aquellos cantaban también. 

“Ildefonso me dijo, ‘¿Te gusta?  Pues es la canción Adelita’”.

“Era una hermosa melodía ranchera que inspiraba tristeza y alegría a la vez. Era una canción que llenaba el espíritu tal cual y hubiera sido hecha por un músico que, conociendo el corazón amoroso de los revolucionarios en plena lucha, la forjara para fortalecer su acción y traducirla en victoria, por amor y por odio.       

“El grupo de músicos estaba formado por gente de la misma, es decir, armada, perteneciente a esa falange villista a las órdenes del compadre Urbina.

“Con sorpresa descubrí, entre ellos tocando el violín, nada menos que al capitán Manuel Figueroa, marido de Adelita, el mismo que Ildefonso me enseñara la noche anterior cuando estaba sentado en una banca de la Plaza de Armas.   

“‘Mira al capitán Figueroa haciéndola de músico, dije extrañado a Ildefonso, y parece más triste que nunca y más pálido’.

“‘Como que es músico, y nada de que lo que está haciendo, contestó mi amigo, y como que es el autor de la Adelita, misma que estás oyendo y de lo pálido y triste, pues… así es su genio’. 

“Detrás de nosotros ya había un montón de compañeros esperando nuestro campo para sentarse cuando llegara su turno, con el propósito de saborear también el sabroso menudo mañanero que estábamos terminando de ingerir.

“Por esta causa y por una mirada de súplica que nos dirigió la buena señora, propietaria del modestísimo figón ambulante, nos levantamos no sin antes haber pagado el humilde consumo”.

Continuará... 

Extracto de Choferes de la Revolución
Autor: Luis Jiménez Delgado.
Biblioteca de la Crónica del Estado

 




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