Thursday 08 de December de 2016

La verdadera luz…

Sigifredo Noriega Barceló      1 Apr 2014 21:25:00

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Ahora se trata de la luz, materia prima de la vida y signo luminoso del bautismo para la vida. Ver, luz, visión, mirada, fe, vida.

“Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento”. Jesús “ve” primero al ciego. “Al pasar”. Evoca, anuncia su Pascua y nuestra incorporación a su muerte y resurrección por el agua del bautismo. Él es quien sale al encuentro de los hombres y mujeres que caminan en las calles oscurecidas por tantas cegueras.

Dios nos amó y nos ama primero; no hay duda, ninguna duda. El ciego lo aceptará al final del encuentro, nada fácil, con Jesús. Ahora la dificultad viene del entorno: sus papás, los vecinos y los fariseos. En el encuentro con la samaritana las dificultades venían de su interior insaciable.

El ciego, en su proceso de creer, irá descubriendo y aceptando la fuerza de la fe en Jesús, luz del mundo. El evangelista nos muestra ese recorrido interior que toda persona perdida en tinieblas realiza hasta encontrarse con la luz del mundo que es Jesús. Cuando la fe es encuentro vital con Jesús no hay dificultad que no pueda ser superada.

¿Quién eres, Señor, para que crea en ti? La luz es necesaria para vivir. “Querer ver” es un deseo y una necesidad humana de todos los días, en todas las etapas de la vida.

La necesidad de “ver” se nota más cuando las noches son oscuras, cuando no entendemos algo, cuando “no vemos claro” lo que tenemos que hacer en diversas situaciones de la vida.

“Querer ver” no solo es una necesidad fisiológica y mental; también puede indicar necesidades más profundas: la luz interior, la mirada de la conciencia, el sentido de la vida.

Encendemos mil luces, lámparas, pilotos, faros, carteles luminosos. Energía eléctrica, solar, nuclear. Vamos al oculista, usamos lentes y gafas contra rayos ultravioletas, cirugías láser. Tenemos bien controlada la visión, iluminamos casas, calles, túneles, tiendas, templos.

Todo parece rebosar luz y vaya que es cara, muy cara. Sin embargo, por más watts que consumamos no alcanzamos a ver bien, a mirar con profundidad. Y seguimos investigando, buscando.

Aprender a ver-mirar es un arte. La vista-visión es un don y una tarea. Por medio de la mirada ingresa la luz, las imágenes, todo aquello que nos hace entrar en contacto con la realidad, con la vida, en su profundidad y en su horizonte.

Los primeros cristianos comparaban las aguas de la piscina de Siloé con el agua del bautismo. El que recibe el bautismo se abre a una luz nueva que proviene de la fe. Ver ya no es cuestión de tener buenos ojos, buena vista, buenas gafas, lentes, buenas razones.

Creer es dejarse mirar por Jesús que “pasa” y sigue “pasando” por las calles de nuestra historia. Creer es
dejarse encontrar, rostro a rostro, dejar que las miradas se crucen. La fe es cuestión de gratuidad, de don, de regalo, de responsabilidad. El que era ciego ya no lo es. Los que creían ver, ahora son ciegos.




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