Thursday 08 de December de 2016
»Alarma a revolucionarios muerte de caballos en Zacatecas  

Agua envenenada

Redacción      13 Sep 2014 21:27:10

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(César Navarrete )
(César Navarrete )
“Al día siguiente de aquel en que mi amigo y compañero Ildefonso me llevaba hasta los trenes de Urbina con el objeto de que conociera personalmente a la famosa Adelita, aún había en la estación un sin número de trenes militares, no obstante que cada momento salían muchos al sur.

“Las caballadas de los que quedaban, entre otros los del cuartel general, habían sido descendidas de sus jaulas.

“Los más fueron conducidos al campo raso, en lo despoblado, más allá de la estación y a otros se les había buscado alojamiento en corralones, huertas y establos de por las orillas de la población. 

“Incidentalmente parte de los caballos del Estado Mayor del general Urbina, así como algunos de la propiedad personal de éste, fueron alojados en uno de los mejores establos, por lo bien acondicionado y de más prestigio como era el de ‘Las Delicias’, propiedad de un súbdito español de nombre Rodrigo Cabanzo.         

“Ahí no solo encontraron buenos cobertizos y magníficos pesebres para las bestias, sino también magníficos bebedores y la mejor pastura que había sido almacenada en abundancia por don Rodrigo para alimentar sus magníficas vacas.

“Estas pasturas consistían en su mayor parte en pacas de alfalfa seca y rastrojo, así como en alguna variedad de granos. 

“Don Rodrigo era un hombre más que maduro, con voluntad o sin ella, tolerado, resignado, la invasión de las cabalgaduras revolucionarias y hasta prestándose con diligencia para dar facilidades a los caballerangos prestándoles cuantas cosas y enseres requerían para el aseo de los animales.  

“El establo, como he dicho antes, era de los mejor acondicionados en la población, y por lo tanto, tenía un aspecto magnífico de granja moderna. Una amplia entrada, bodegas y habitaciones más o menos cómodas, en una de las cuales vivía don Rodrigo con su familia, la que se componía de su esposa, española también, dos mozalbetes de 22 y 16 años, respectivamente, y dos jovencitas de 20 y 18 años.    

“Don Rodrigo se había mostrado afable con los revolucionarios que entraban y salían al establo, a tal grado que estos últimos llegaron a tener la suficiente confianza para acercarse a su casa y pedir a la familia frecuentemente no solo un vaso de agua para beber, sino hasta una o más sillas para sentarse.

“Pero esta misma confianza dio a lugar a que una de tantas tardes uno de aquellos revolucionarios, un mayor por cierto, se descompasó con una de las señoritas hijas de don Rodrigo, al grado de faltarle de más y el más chico de sus hermanos naturalmente protestó y reclamó al mayor su mal proceder, causando esto sumo disgusto al villista, que por toda respuesta propinó al mozalbete tan fuerte golpe en la cara con una cuarta que traía en la mano, que el chamaco rodó por tierra hecho un mar de lágrimas debido al intenso dolor que le causó el golpe.   

“Esto fue presenciado solamente por la muchacha ofendida y por algunos soldados de la misma gente del mayor que, como era natural, encontraron gracioso el incidente, riéndose de lo acontecido.

“Sin embargo, el mayor dio por terminado el enojoso encuentro, retirándose. La familia de la señorita y del muchacho debe haberse dado cuenta poco tiempo después de tan enojoso asunto, porque don Rodrigo de inmediato trató de poner remedio a las cosas trasladando a sus familia hacía la casa de un amigo y paisano que vivía en el centro de la ciudad, pero el muchacho más grande, que era el que le ayudaba más en sus dichas tareas, se opuso a abandonar el establo, so pretexto de que tenía que estar al pendiente de todo lo que se quedaba allí enteramente en manos de la gente revolucionaria.

“De nada valieron las súplicas del padre ni las de la familia, el muchacho se encaprichó y se quedó en el establo. Así las cosas, se llegó la noche y el muchacho siempre vigilante de los intereses de su padre, se preparó para dormir en las habitaciones contiguas al corral.

“La puerta se cerró a la hora de costumbre, quedándose dentro tres o cuatro de los soldados que estaban al cuidado de los animales.

“Al día siguiente, apenas amanecido, estos mismos soldados se dieron cuenta de que algunos de los mejores caballos estaban perfectamente muertos, entre otros, los del mayor y uno de los más consentidos del general Tomás Urbina.

“Esto dio origen para que alarmados fueran a dar parte de lo ocurrido al cuartel general. Inmediatamente vinieron los propietarios y encargados de aquella caballada, entre los que se encontraba el mayor, quienes viendo a sus animales muertos, se quedaron perplejos sin poder adivinar la causa, ya que ninguna de las bestias presentaba a la vista lesión alguna ni aspecto de empacho, muerte muy común en esta clase de animales”...

Continuará...

Extracto de Choferes de la Revolución.
Autor: Luis Jiménez Delgado.
Biblioteca de la Crónica del Estado




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