Wednesday 07 de December de 2016

Aislar a los extremos que se tocan

J. Luis Medina Lizalde      15 Jun 2014 19:40:10

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Con inusitado nerviosismo ha tomado el Gobierno del Estado el anuncio de un conjunto de organizaciones sociales de celebran una acción conmemorativa de la Toma de Zacatecas, el mismísimo 23 de junio, cuando la conmemoración oficialista de la famosa batalla tendrá como invitado de honor a Enrique Peña Nieto.

Algo que seguramente contribuye a la desazón que al gobierno le produce el anuncio de una conmemoración paralela a la oficialista es el rebasamiento de los responsables del orden público el pasado jueves, cuando la protesta magisterial paralizó la sensible vialidad urbana Guadalupe-Zacatecas, lo que evidenció por enésima ocasión la carencia de oficio político de buena parte de los integrantes del aparato gubernamental.

Lo ominoso del panorama reside en la percepción oficial de que la decisión de las organizaciones que sumarán esfuerzos para conmemorar por su cuenta la victoria de la División del Norte sobre el ejército de Victoriano Huerta “evidentemente tiene el sentido de desestabilizar, desequilibrar y evidenciar al gobierno”, según lo manifestado a diversos medios informativos por Francisco Escobedo Villegas, secretario general de Gobierno.

Si el gobierno supone que la batalla de Zacatecas tiene el mismo significado para todos los mexicanos, se equivoca; ningún acontecimiento histórico de semejante envergadura lo tiene. La Toma de Zacatecas admite interpretaciones distintas y a veces antitéticas desde lo local y desde lo nacional, así como desde sus repercusiones económicas y políticas, que son reflejo de la pluralidad de intereses de la sociedad mexicana.

En lo que casi con todos coincide es que con esta batalla se completó la tarea de destrucción del ejército que Porfirio Díaz construyó para que fuera el soporte principal de su dictadura y que dejó intacto al abordar el Ipiranga para nunca volver.

Ni siquiera el gobierno emanado del mismo partido otorga el mismo significado al acontecimiento y para ello es suficiente comparar la conmemoración cincuentenaria de la batalla en 1974, o la presidida por Salinas de Gortari, cuando en la espectacular escenificación para conmemorar los 50 años de la toma la clase política cultivaba la retórica revolucionaria.

25 años después, el salinismo emprendía la deslegitimación sistemática del ideario revolucionario valiéndose del embrujo made in Harvard y de los intelectuales que “se echó al morral” a los que les abrió los espacios mediáticos.

Si por su gusto fuera, hacían ganar a los huertistas
Las credenciales que porta el gobierno de Peña Nieto para conmemorar la Toma de Zacatecas son peores. Es el impulsor de un proceso desnacionalizador tan brutal como los que en su momento encabezaron Salinas y Zedillo, pero con el agravante de que cuando ellos lo hicieron, hacia allá soplaban los vientos de la economía mundial y América Latina no terminaba de sacudirse la tutela imperial.

Peña Nieto no sabe la diferencia que marca que ahora en la Casa Blanca esté un negro de intenciones de reforma social, que Margaret Thatcher fuera despedida del mundo envuelta en espectaculares manifestaciones de desprecio de su propio pueblo.

Peña Nieto aún no aquilata la enorme diferencia entre el liderazgo político de Juan Pablo II, tan afín a Reagan y a la Thatcher y el Papa Francisco. Mucho menos valora las potencialidades para recuperar terreno frente a dictados imperiales que se derivan de una vasta región de América Latina con gobiernos de recargada soberanía.

Peña Nieto vive un entorno más propicio para la promoción y defensa de los intereses nacionales que sus antecesores neoliberales, pero carece del compromiso elemental.

Todas y cada una de sus reformas constitucionales van en dirección opuesta a la de los ejércitos campesinos que se alzaron con la victoria en la Toma de Zacatecas, ¿por qué se extrañan de que amplios sectores de la población no le reconozcan legitimidad alguna para conmemorar la célebre batalla?

Represores y provocadores, extremos indeseables
Lo cívicamente conveniente es aislar a los extremos, que en el gobierno no domine la paranoia que ve intenciones desestabilizadoras donde lo que existe es disputa de simbolismos, disputa inherente a la vida democrática.

Villa es el héroe popular que no terminan de digerir en las alturas. Encarna la rebelión ante lo injusto, la furia vengadora de los humildes ante los poderosos.

Es la prevalencia de la opresión lo que le da tanta vigencia a lo que encarna. Podrán ser de nuestro gusto o de nuestro disgusto los actos oficiales, como son el desfile y la escenificación de la histórica batalla, pero es inadmisible interferir en su realización.

Zacatecas bien puede vivir en paz las dos conmemoraciones. Es honorable pactar transparentemente horarios, lugares de reunión y recorrido, tal como corresponde en un país de libertades que para lograrlas y hacerlas valer ha derramado mucha sangre.

Nos encontramos el jueves en El recreo.




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