Saturday 25 de February de 2017
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Sin propiedad no hay progreso en el campo

Luis Pazos*      26 Mar 2014 21:10:06

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Hace 100 años, en 1914, en México se promulgó la primera ley agraria con la que dio inició el reparto de tierras.

Durante 80 años se repartió con un criterio político electoral tres veces la superficie cultivable, pero no en propiedad sino en una precaria tenencia que impedía vender, rentar o dar en garantía la tierra.

En esos 80 años el campo mexicano se empobreció paulatinamente, la mayoría de las tierras repartidas fueron abandonadas y sus beneficiarios migraron a los Estados Unidos o a las ciudades, formando cordones de pobreza.

Una encuesta publicada en los años 80 en la revista Visión, del ingeniero agrónomo Edmundo Flores, arrojó que la mayoría de los campesinos pobres no querían tierras sino un empleo. Los resultados de dicha encuesta están avalados por el crónico abandono de tierras de ejidatarios “beneficiados” del reparto para buscar empleo en las ciudades y en el campo estadounidense.

En 1994 se termina el reparto agrario, lo cual constituyó un paso adelante, pero no se entregó la propiedad plena a los ejidatarios.

De 1994 al 2014, 20 años, solo el 3% de los ejidatarios ha logrado la propiedad plena de sus ejidos, ya que para conseguirlo son necesarias complicadas asambleas comunales que introducen incertidumbre jurídica en la compra-venta de tierras en el campo, lo que inhibe la inversión, como en tiempos de la expropiación y reparto de tierras.

Durante 80 años -como lo dijo un secretario de Agricultura y Ganadería-, a los ejidatarios los organizaron para votar, no para producir.

En 1994, estudios realizados por el Gobierno Federal mostraron que el minifundio es estructuralmente improductivo y que es necesario compactarlos, es decir, formar latifundios, los que se satanizaron desde el gobierno del general Lázaro Cárdenas.

Si el actual gobierno quiere reducir la pobreza en el campo, tiene que otorgar la propiedad plena, con derecho a vender, dividir o rentar sin pedirle permiso a otros comuneros o ejidatarios y que el uso y tamaño de los predios sea el que demande el mercado, no lo que la burocracia decida, solo así habrá progreso en el campo.

Cien años de fracasos son suficientes para reconocer la necesidad de cambiar estructuralmente las políticas agrarias, que en nombre de terminar con la pobreza han mantenido en la pobreza al campo mexicano.
 




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