Monday 23 de January de 2017

“Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón y encontrarán descanso”

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba      5 Jul 2014 19:20:07

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Cristo dejó en la humildad una lección fundamental para la convivencia. (Cortesía)
Cristo dejó en la humildad una lección fundamental para la convivencia. (Cortesía)
Introducción
El domingo anterior, hemos celebrado la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. Hoy volvemos a los domingos del Tiempo Ordinario Ciclo A, para contemplar y asimilar los diversos temas de oración y reflexión, que la Iglesia nos va proponiendo con el paso del tiempo.

Santificado esto por nuestras celebraciones eucarísticas dominicales y por el compromiso y testimonio que brotan precisamente de dichas celebraciones, que conjuntan coherentemente fe y obras ante las diversas situaciones y circunstancias de los tiempos que vivimos.

Hoy la Iglesia nos propone y recuerda el tema de la virtud de la humildad que está íntimamente presente en la persona de Jesucristo, quien es nuestro ejemplo y quien nos invita a realizar esta virtud tan fundamental y necesaria para realizar con autenticidad nuestra vida cristiana de cada día.

La virtud de la humildad
Las virtudes son diversos aspectos de la vida cristiana. Son valores que fortalecen nuestra adhesión a Cristo y reflejan la vida íntima que Dios por Cristo y con la gracia del Espíritu Santo, nos otorga con su amor y liberalidad en orden a ser santos.

Llenos de luz y paz en nuestra tarea de configurarnos con Jesús y poder realizar lo que él mismo nos inculca y pide: “Sean perfectos como mi Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48).

La virtud de la humildad consiste en estar ante Dios como lo que realmente somos. Es un reconocimiento de la realidad de nuestro ser, con sus luces y sombras, con lo positivo de nuestros dones y carismas; con lo negativo de nuestras sombras y limitaciones.

Es poner toda nuestra vida y todos sus actos, buenos y malos, frente a la mirada escrutadora del Altísimo, de quien no podemos ocultarnos.

Porque él con su poder omnipotente, sabiduría infinita y la intuición perfectísima de su conocimiento sobre todas las cosas del universo y en especial sobre todos y cada uno de los hombres, constata los más profundos pensamientos, elecciones libres, intenciones, afectos, emociones y sentimientos de nuestra alma y todo nuestro ser que está constituido de espíritu y materia corporal.

Para él todo es luz y claridad, en él no existen sombras y vicisitudes de imperfección y deficiencias. Él es absolutamente perfecto y en plenitud de vida desde toda la eternidad.

En él, por él y con él somos y existimos. Su amor infinito y eterno nos cubre como un manto de ternura, bondad y consuelo, infinitos y perfectos.

Toda virtud tiene su contraria actitud y modo de comportarse, por ejemplo, en nuestro caso hablando de la virtud de la humildad, ésta se contrapone al orgullo, la soberbia y la autosuficiencia.

Mientras que con la humildad reconocemos nuestra total dependencia del Ser divino dándole con todo lo que tenemos y actuamos, nuestro reconocimiento, adoración, acción de gracias y gratitud, en el lado opuesto a todo esto, está la soberbia que suplanta con la vida imperfecta y creada, el puesto mismo de Dios al creer “ser como él”.

La soberbia lleva a la impiedad, al desprecio de los demás con la creencia que uno es el que sabe todas las cosas, aunque esto no sea cierto ni pueda sostenerse ante la verdad y el bien.

De la soberbia nace el desprecio y la humillación hacia los semejantes y la persona. La soberbia es rechazada y censurada por esa prepotencia insufrible para los demás y con esto no puede ganarse la estima y el amor de los semejantes.

La soberbia mata a la humildad y se hace absoluta y abominable. Por eso Dios condena, reprueba y rechaza a los que son soberbios.

Aprendan de mí que soy humilde de corazón
Como corona de esta homilía podemos decir lo siguiente: Fortalecerá nuestro deseo sincero de ser humilde, la amorosa contemplación de Cristo humilde antes de nacer, en su nacimiento, en su vida oculta de Nazaret.

Él es un pobre aldeano, un obrero manual sin estudios en academias y universidades, sin dejar y traslucir un rayo de su divinidad.

La humildad de Jesús en su vida pública escoge sus discípulos entre los ignorantes y rudos, pescadores y un publicano.

Busca y prefiere a los pobres, a los pecadores, a los afligidos, a los niños...Vive pobremente, predica con sencillez, enseña con ejemplos populares al alcance de la inteligencia.

“Cristo no hizo alarde de su categoría de Dios. Tomó condición de esclavo pasando por uno de tantos (Flp 2, 7 ). ¡Qué ridículos los pobrecitos hombres! Las condecoraciones, los halagos. Y ¡ pobre del que venga a quitárnoslo!”

Hemos de meditar mucho en la actitud de Cristo humillado. ¿Un Cristo escupido y tú te exaltas? Eso es un contrasentido.

Conclusión
Hermanos: La religión cristiana es esencialmente humildad, amor, serlo de los hombres hasta la cruz y la total inmolación de la muerte como los mártires, quienes se despojaron de todo orgullo y soberbia para ser humildes y obedientes con Cristo pera el beneplácito del Padre eterno.

También María nos ayudará con su ejemplo, testimonio, intercesión y plegaria de Madre, comprensiva y amorosa a conseguir esta “joya de la humildad” para que desde nuestro abajamiento libre, consigamos la humildad que ha de exaltarnos a la gloria del Reino de Dios, ahora y para siempre.




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