Monday 20 de February de 2017

Apología del arte

Miguel G. Ochoa Santos      28 Sep 2014 22:00:38

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Acaso una de las actividades humanas que siempre lanza un agudo desafío a la manía clasificadora es el arte. En la actualidad no existe una definición única, mucho menos una concepción uniforme sobre éste. Es común que ahora las personas que se dedican a producir obras, procesos y gestos estéticos se autodenominen artistas, pero en realidad la consideración institucional es lo que pesa al momento de establecer los criterios necesarios y suficientes para conceptualizar a los productos estéticos como arte.
Son los cenáculos intelectuales, las editoriales, galerías, revistas, universidades, periódicos, las entidades estatales, entre otras, las instituciones que crean el sistema artístico de un país y contribuyen fundamentalmente a canonizar los modelos de creación estética, así como las obras y lances prohijados por aquellos que dedican a forjarlos.

No obstante, la multiplicidad y diversidad de las creaciones hace que la tarea clasificatoria y conceptual sea casi irrealizable en cuanto a la configuración de una definición universal e ideal. Sobre todo se dificulta la labor porque el arte es invención: trae al mundo algo inexistente, imposible o improbable. Por tanto, sería absurdo que lo que “aún no es” fuese sometido a la obsesión racionalista de la categorización estándar. Y lo que hace el arte es, precisamente, desafiar la regularidad y normalidad de lo real, es decir, de lo que “ya es”.

Por ejemplo, los modelos estéticos de la pintura clásica provenían de una poética de la
palabra, la aristotélica. Las variaciones pictóricas estaban acotadas por principios calcados de la mitología y de los géneros literarios que se practicaban en la antigua Grecia. Por consiguiente, solo eran artísticas las obras que habían sido creadas bajo estos principios.

Será hasta el siglo 19 cuando la pintura comience a instaurar una poética inherente a sus peculiaridades, dejando atrás el lastre que le impedía alcanzar una autonomía plena, así como una codificación propia.

Lentamente se abandonará el grillete de la representación naturalista, de la subsunción de los materiales y lenguajes plásticos a la égida del objeto externo.

Es el arte abstracto quien propone un modelo de producción radicalmente distinto. Su tema es el universo inmanente a la poiesis pictórica: gestos, materiales, trazos, colores, formas no objetuales. A través de los signos abstractos, el arte visual reflexiona sobre sus posibilidades inherentes, e invita al destinatario a mirar de otra manera el suceso plástico, creando así no solo la obra sino también un inédito modo de percepción que escapa al modelo de la representación objetiva.

Nuevas invenciones de modelos han surgido desde entonces y, por tanto, los paradigmas críticos también se han trastocado. Siempre irá a la zaga de la innovación, la manía clasificadora.

Miembro del SNI




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