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 Birdman

Miguel G. Ochoa Santos      16 Nov 2014 21:29:09

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Existe un rasgo fundamental que distingue a las obras de arte de aquellas que pueden ser ingeniosas, bien hechas o aceptables. Me refiero a los tupidos niveles de significado que la pluralidad de formas estéticas de una pieza singular revelan al lector, al espectador o al auditorio. Mientras más prolijos sean los estratos y las formas, quien disfruta de la obra tendrá más participación en el goce estético y la interpretación del sentido o de los contenidos que ésta procrea.

Así, el territorio del significado se multiplica, al tiempo que se transgreden los estrechos límites de los lenguajes unívocos. Por ello el arte podría concebirse como un mundo alternativo al de la ciencia, aunque ambos mantienen puntos de contacto gracias a la facultad prodigiosa de la que provienen: la imaginación. Sin embargo, a diferencia del pensar científico, el arte puede explotar progresivamente esta capacidad de imaginar lo inexistente, lo probable y lo insólito sin estar sometida al reino de la razón.

Esta larga introducción viene a cuento porque el fin de semana pasado he tenido la fortuna de ver la reciente película de Alejandro González Iñárritu, Birdman. Entré al cine pensando que me toparía con un relato parecido a los que manufactura con gran habilidad Guillermo del Toro. Pero no fue así. No es una parodia del célebre personaje de los cómics, tampoco una historia insulsa alrededor de la biografía del actor que lo encarnó en la versión cinematográfica.

Es mucho más que eso, justamente porque proliferan los niveles de interpretación, mostrando que la trama solo es el envoltorio de una crítica intensa y honda del mundo cultural contemporáneo, plagado de artefactos industriales, ingentes dispositivos tecnológicos y baratijas de entretenimiento simplemente anodinas. El personaje, encarnado magistralmente por Michael Keaton, corre el peligro de ser desgarrado por dos fuerzas contrarias. Por un lado, desea recuperar la fama que le dio su papel de Birdman y, por otro, busca trascender el espacio de la cultura superficial y mediática, a través de la puesta en escena de una pieza teatral de Raymond Carver.

Esta oposición anima de principio a fin tanto el desarrollo de la historia como las formas del discurso cinematográfico, aludiendo siempre al mito de Ícaro. El relato es construido por medio de procedimientos meta-ficcionales: relatos que discurren dentro de otros relatos. La música original es suplantada por el ritmo percusivo de la batería de otro gran artista mexicano: Antonio Sánchez. Las emociones de los personajes no son acompañadas por formas musicales, por el contrario solo el descarnado beat de la batería marca el ritmo de las complejas pasiones.

Me parece que es la mejor película de González Iñárritu, una obra maestra.

Miembro del SNI
 




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