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 Corsé cultural

Miguel G. Ochoa Santos      26 Jan 2014 21:00:09

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El arte y los lances estéticos han sido empujados a desarrollarse en la periferia de las sociedades contemporáneas. Sólo merecen atención y recursos económicos cuando demuestran alguna utilidad práctica o cuando contribuyen a la creación de valor monetario. El potencial ficcional y subversivo que éstos poseen por sí mismos rara vez atrae la mirada de los inversores. Ni las industrias culturales ni las élites políticas desean arriesgarse a sembrar una semilla que sólo les traerá dolores de cabeza.

Empresarios, burócratas estatales y castas partidarias prefieren volver adicta a la ciudadanía a la basura mediática que nada tiene que ver con los extraordinarios placeres proporcionados por formas y actos artísticos tan alejados de la vida pragmática que hoy predomina. Quizá por ello la estrategia de reciclaje de insulsas y avejentadas estrellas del espectáculo mediático se ha vuelto apabullante y vulgar.

Desdichadamente, esa es la única novedad que las pantallas mercantiles son capaces de fabricar.

El sempiterno retorno de inicuos cantantes y dudosos actores son el pan de cada día en un País que requiere emprender de una vez por todas un proceso de ilustración profundo y generalizado. La población lo necesita con urgencia, pero las élites son renuentes a crear instituciones y entornos adecuados para llevar a cabo esta descomunal tarea. Las razones son múltiples y los intereses económicos y de poder lo son aún más.

¿Cómo podría reformarse el sistema educativo nacional, si cada partido desea proteger a sus propias clientelas partidarias de los efectos de las transformaciones? Escuelas y universidades deberían ser los pilares de la formación de ciudadanos, artistas y profesionistas inteligentes, pero la educación, politizada hasta la médula, sigue concibiéndose como un territorio partidario de luchas de poder y enriquecimiento grupal. Lo mismo ocurre con las instituciones educativas estatales, con grosera frecuencia son otorgadas a la casta dirigente del SNTE o de la CNTE para que las usen como mejor les plazca.

La evaluación de la calidad del profesorado y de los investigadores es muy necesaria, pero más importante es la capacidad académica y de liderazgo que los funcionarios y políticos del ramo debiesen tener. Y como están las cosas, tal parece que los parámetros de excelencia son diseñados exclusivamente para evaluar el desempeño de los docentes, mientras que la burocracia se autoprotege de los rigores del peritaje que exige cumplir a aquéllos.

Quizá sea esta la razón de que padezcamos rectores incapaces, funcionarios impresentables y profesores insolventes. La evaluación debe ser total y los resultados públicos para contar con una educación integral y no sólo volcada a las demandas del poder y el dinero, del mercado y del Estado.

 




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