Saturday 10 de December de 2016

 El origen de las cifras 

Miguel G. Ochoa Santos      1 Dec 2013 21:30:06

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Nuestra vida moderna se caracteriza por la presencia ubicua de la manía cuantificadora. Los planificadores y directivos de la vida repiten sin cesar una frase tautológica que siendo un lugar común ha devenido en máxima científica: lo que no es medible, no se puede evaluar. Luego, entonces, habría que transformar previamente en números y cifras todo aquello que se desea valorar.

El problema es que las cosas, personas, procesos y fenómenos la mayoría de las veces trasciende la mera visión contable del universo. Por ejemplo, nuestro cuerpo es más que la suma de órganos, mecanismos, reacciones químicas y disposiciones genéticas. No hay fórmulas para calcular la cantidad exacta de afecto que necesita un niño para crecer sanamente. Tampoco para conocer las diferencias entre el amor filial y el amor por los otros, mucho menos para entender la imaginación erótica. Nada sabemos sobre la transformación de los impulsos electromagnéticos de las neuronas en ideas, pasiones, sueños, motivaciones, deseos, lenguajes y códigos. Incluso desconocemos si son origen o resultado de estos fenómenos intangibles.

La cuantificación universal es valiosa cuando acepta sus límites, es decir, cuando está consciente de que sólo puede ser medible lo que pertenece al territorio de la cantidad. Intentar colonizar espacios que no son de su incumbencia es un deseo malsano que llevaría a un achatamiento del universo y de la humanidad misma.

La vida es un enigma, un misterio que difícilmente puede ser reducido a una cifra o a una ecuación. No me refiero simplemente a la vida como “bios”, proceso puramente fisiológico, sino al conjunto de las propiedades inmateriales y simbólicas que hacen de un individuo un criatura única, un verdadero signo del Ser. Quienes han vivido la fatal experiencia de perder a una persona querida saben bien que el dolor no proviene de la muerte de un cuerpo, sino de una relación afectiva inconmensurable.

El vació que deja en el espíritu individual es un hueco que anhela la presencia del otro, una huella indeleble del ser querido que aunque materialmente no exista, permanece aún como experiencia interna porque se ha hecho nuestro. Es el duelo, entonces, una fase en la que se acepta la marcha del otro que ya es parte de uno. La memoria en su recordar libera paulatinamente el pesar para abrirse a la rememoración amorosa, única y transformada en presencia evocada.

Difícilmente la consideración técnica del mundo podría dar cuenta de la complejidad afectiva de los humanos. Acaso las pasiones y deseos hacen más complicado el entendimiento de lo que somos, precisamente porque éstos son incontables y azarosos, para bien y para mal.
 




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