Monday 05 de December de 2016

 El poder de la ficción 

Miguel G. Ochoa Santos      19 Jan 2014 21:00:07

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Tenemos que sacar algo de jugo a los periodos gripales por más desastrosos que éstos sean. En mi caso, descartada la peligrosa influenza, destiné el tiempo de convalecencia a disfrutar de algunas series de televisión que nunca había tenido oportunidad de ver, aprovechando que este género mediático vive un momento prodigioso. Son ejemplos notorios de este florecimiento programas como Breaking Bad, Homeland, Boardwalk Empire, The Killing y la versión británica de Wallander.

Más allá de la magistral hechura técnica y de la imponente estética visual que las caracteriza, las series actuales son muy incisivas y críticas de la sociedad estadounidense, penetran en el lado oscuro del sueño norteamericano y en sus ilusiones materialistas. House of cards y The Boss retratan las funestas adicciones que nutren la comodidad democrática del vecino país del norte.

En ambas series, los insaciables deseos de poder y dinero emergen como resortes básicos del torcido comportamiento de personajes que surgen de las élites empresariales o de la casta de políticos corruptos y voraces que sólo se representan a sí mismos y a los intereses mercantiles que los han aupado al poder. Tejen intrigas y tramas a cinco bandas para conseguir sus propósitos sin detenerse a reflexionar sobre la pertinencia ética de sus fines, incluso si la violencia es un medio para arribar a tierra firme no dudan en emplearla contra otras personas o en ejercerla sobre sus propios familiares.

Para esconder sus aviesos apetitos echan mano de la retórica discursiva, escondiendo las zonas tenebrosas de sus actos y trasmutando la apestosa ignominia en perfume floral para ensoñar a las nutridas masas de votantes. Estos filmes televisivos exponen aquello que ocurre tras el escenario utópico de la política “democrática” y que el ciudadano común no percibe cotidianamente. Muestran las costuras del sistema corrupto y corruptor, rasgan el velo publicitario de los mercachifles de la imagen y desnudan las disonancias que las baladas propagandísticas intentan acallar con el ritmo machacón del culto al sentimentalismo.

La frialdad del cálculo no tiene límites, los protagonistas convierten las relaciones personales en planos geométricos de intereses, metas y resultados, eliminando cualquier indicio de humanidad y compasión. Inertes al repicar de la conciencia crítica, incluso a los aguijonazos de la culpa cristiana, los personajes aceptan el juego de la cosificación bestial y sólo se perturban cuando su estrategia amenaza con descarrilar.

Desafortunadamente, éstas y otras producciones similares se acercan demasiado a lo que ocurre en la vida real, demostrando con ello la extraordinaria potencia que posee la ficción para desvelar la raíz de lo ominoso sin contentarse con representar las capas más superficiales de la sociedad.
 




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