Wednesday 07 de December de 2016

Homofobia y anticultura mediática 

Miguel G. Ochoa Santos      22 Jun 2014 21:00:13

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No me extraña que los gritos homofóbicos o racistas se hayan instalado en la vida cotidiana de la ciudadanía mexicana. Hace mucho tiempo que la anticultura de lo insulso y tosco, creada y promovida por los medios del espectáculo, ha ganado terreno a las producciones sutiles e inteligentes. De hecho han sido los portavoces de estas empresas mediáticas quienes han defendido con todo, pero sin ideas rigurosas, el rústico insulto que la afición mexicana lanza al portero del equipo contrario para presionarlo.

Sin argumentos convincentes, ni rubores cívicos, algunos comentaristas que antes han defenestrado el populismo de AMLO, y el recurso legitimador de los usos y costumbres del sacrosanto pueblo, ahora recuperan estos axiomas sin ningún recato para apuntalar un populismo mediático en el que el aficionado del futbol siempre tiene la razón.

Son candorosos los malabares retóricos que éstos usan para afirmar que la palabra proferida por los fanáticos del balompié contra los arqueros no es homofóbica, ni injuriosa. Se refugian en la supuesta polisemia que el término posee en México para esquivar las críticas, porque la multiplicidad de significados convertiría a esa unidad léxica en una especie de anguila enjabonada, siempre elusiva y fluida; siempre dispuesta a expresar algo distinto de lo que contiene su acepción original, desde el gesto afectivo hasta el procaz escarnio.

No obstante, detrás de los ataques y los conjuros filológicos hay intereses materiales nada inocentes.

Los nichos mercantiles no existen naturalmente, deben fabricarse, sobre todo aquellos que están próximos a los territorios culturales. Por tanto, es necesario promover hábitos y comportamientos generales en la población. Al futbol no se va solo a disfrutar de la estética del lance deportivo, también se acude con el propósito de participar de un estado colectivo de catarsis masiva. El consumo de mercancías condimenta este caldo de emociones, especialmente el alcohol.

Es precisamente alrededor de este dispositivo mercantil, llamado espectáculo del futbol, donde los medios y las industrias culturales gravitan, homologando gestos y gustos; asociando estados pasionales a deseos materiales. Crean ídolos y defenestran a jugadores caídos en desgracia, porque su poder se ensancha al ser propietarios de equipos y controlar las instituciones futbolísticas.

Solo basta atestiguar la pobre y vulgar cobertura que han hecho las televisoras mexicanas no solo del futbol, sino de la riquísima cultura brasileña.




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