Sunday 04 de December de 2016

La gran belleza

Miguel G. Ochoa Santos      16 Mar 2014 19:10:02

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Ciertamente el orden contemporáneo es muy rejego con el tiempo, siempre al acecho del discurrir sereno con el cronómetro en mano. Obsesivo con la cuantificación de horas, minutos y segundos, regatea los momentos necesarios para pensar y disfrutar plácidamente la existencia.

El filósofo Henry Bergson afirmaba que la ciencia no comprendía en realidad el tiempo mismo porque de inmediato lo vinculaba a la dimensión espacial. Por ello, acuñó el concepto de “duración” para referirse al tiempo absoluto, solo accesible a la conciencia a través de la intuición. Desde entonces las cosas han ido más allá, el tiempo acosado hasta al cansancio por la mirada económica ha mutado ahora en un quantum exacerbado de trabajo al que se le pone precio en el mercado laboral planetario.

Así que la vida nuestra es una competencia sin fin por la acumulación vertiginosa de trabajo propio y ajeno bajo la forma de mercancías y servicios. El pobrecillo tiempo, pues, ha visto mermadas las maleables propiedades suyas de dilatación y contracción. Hoy el eterno retorno mítico parece ser una rémora del pasado, se le quiere extirpar de la cultura porque impide el desarrollo de la velocidad lineal, ascendente y desbocada.

Estar sentado tranquilamente en un parque es casi herejía, solo los improductivos y holgazanes podrían ser amantes de un platicar sin objetivos y del éxtasis que proporciona la sutil y bella contemplación del discurrir cósmico y mundano. En estos tiempos de agitación, los antiguos griegos serían considerados una panda de vagabundos sin oficio ni beneficio, así como los ancianos son vistos despectivamente porque la energía laboral calculable ha decrecido sustancialmente.

Trabajo, espacio, mercancías y dinero son el destino fatal que anuncia la estación actual. La obsesión compulsiva por la tenencia cuantitativa se ha convertido en la reina de los valores humanos, si es que algo de humanidad habita en ésta. Por consiguiente, no debería asustarnos ni sorprendernos el avance galopante de la corrupción, la ignorancia, la canallada y la miseria.

Sin tiempo para una reflexión serena, la cultura tiende a desfondarse para dejar paso al gesto frívolo y vacío, al consumo demencial de oropel y fatuidad, al regodeo carnavalesco en el fango de la inanidad.
Habitamos una época donde el éxtasis del instante se convierte en eternidad. Al menos, es la sensación que tuve al salir del cine después de ver la película de Paolo Sorrentino: La gran belleza.

A través de la mirada cínica de Jep Gambardella, protagonista entrañable del filme, a uno no le queda más remedio que revalorar las múltiples dimensiones del tiempo. Antes de morir, explorar y habitar inteligentemente la enigmática “duración” de la vida sería un reto asombroso.




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