Tuesday 06 de December de 2016

La última tentación del rey 

Miguel G. Ochoa Santos      8 Jun 2014 21:40:14

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Si en Europa las cosas no marchan bien, en España la situación es todavía más aciaga. Las cifras de desempleo son brutalmente negativas, casi alcanzan al 25% de la población económicamente activa, pero se duplican con relación a la ocupación juvenil, incluso en Andalucía aumentan al 60%.

Los recortes sociales han sido devastadores y el imprudente aumento de los impuestos ha evitado que la recuperación de la economía tenga un ritmo más acelerado. La pobreza extrema que en España era marginal ahora es una realidad, lo mismo que los desahucios en el rubro de la vivienda. Miles de ciudadanos han perdido su hogar y el futuro nada halagüeño para ellos se vislumbra en lo tocante a empleo y salarios dignos.

La precariedad de los contratos de trabajo son alarmantes, allá no tienen a la mano la válvula de escape de la informalidad. Las universidades españolas también padecen los embates de la crisis, los fondos de investigación y de becas escasean; las plazas docentes están prácticamente congeladas. Esto ha empujado a miles de jóvenes a migrar del país para hacerse de un puesto de trabajo en el extranjero.

En el sentir de los ciudadanos hay desaliento, saben que en el corto plazo la situación no se modificará radicalmente. Acaso por ello se han vuelto más intolerantes respecto de los múltiples casos de corrupción de la casta política, de la inoperancia gubernamental, del derroche de la Monarquía y de las fábulas retóricas que los partidos tejen para dulcificar la infausta realidad.

Las pasadas elecciones europeas mostraron el hartazgo de una población cansada de un arreglo político que incrementa la distancia entre lo que los políticos desean y lo que la ciudadanía necesita. El voto de castigo barrió con el bipartidismo, fortaleció las posiciones independentistas radicales e incrementó el peso de la izquierda, abriendo inéditamente la puerta a un grupo de jóvenes antisistema congregados en torno al partido Podemos.

Por tanto, a las complicaciones económicas se sumaron nuevos conflictos políticos.

Mientras tanto el rey Juan Carlos I se dio cuenta de que la tentación de ser un ciudadano común pasa facturas onerosas, sobre todo cuando los súbditos suyos viven cotidianamente privaciones demasiado inhumanas e insoportables. La recuperación de la sensatez lo ha llevado a poner la supervivencia de la institución monárquica por encima de sus intereses personales. Quizá se adelantó a los posibles resultados negativos de las futuras elecciones españolas en las que cabe esperar un desplome mayor del bipartidismo, verdadero sustento de la forma de Estado Monárquico. Si el malestar persiste, los escaños del PP y del PSOE serían insuficientes para salvar a la corona.




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