Tuesday 06 de December de 2016

Octavio Paz: la otredad

Elizabeth Sánchez Garay      10 Apr 2014 21:10:05

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En estos días ha iniciado el culto oficialista hacia la figura de Octavio Paz por el centenario de su nacimiento. Los políticos, ya sabemos, suelen utilizar cualquier pretexto para llevar agua a su molino.

Seguramente las mesas redondas sobre su obra, realizadas a la fecha, han aportado análisis interesantes sobre sus libros de ensayos y poemas.

Pero, al igual que una parte de la clase política que de arte ignora casi todo, los medios de comunicación solo están interesados en reseñar las discusiones sobre su polémica vida.

Tal perorata cansina está de más. Paz continuará teniendo defensores y detractores sobre su quehacer político, sus ideas sobre democracia, su papel editorial y sus vínculos o distancias con los poderes de casa y de otros lares.

Sería más fructífero difundir, a públicos no especializados, su obra poética y las reflexiones desplegadas en libros como El arco y la lira, Los hijos del limo o La llama doble. Por ejemplo, en torno a la idea de que el hombre es otredad, jamás identidad cerrada.

A diferencia del pensamiento occidental que ha optado por el no-cuerpo, Octavio Paz sugiere la posibilidad de reconocerse a sí a través del cuerpo de la amada, ya que solo en el encuentro con el otro, en la reconciliación con la mitad perdida, puede el hombre llegar a la otra orilla, más allá del mundano bullir.

Esto lo expresa de manera extraordinaria en el poema Bajo tu sombra (1935), aparecido en el libro Libertad bajo palabra, donde se encuentran entretejidas las correspondencias de los cuerpos con Eros y con el Universo: plenitud y luminosidad.

Allí, en la fusión de él con ella, con el mundo y consigo mismo se inicia el aprendizaje del poeta, distante de la conciencia de Occidente que se ha caracterizado por distinguir “esto de aquello”, en lugar de afirmar “esto es aquello”, acaso por el horror hacia lo otro, lo distinto, lo diferente.

Lo interesante es que esta unión no remite a una trascendencia divina ni a una esencia más allá del mundo y lo terrenal, sino a la creación de un tiempo nuevo que deviene despliegue de sentidos.

En este poema, el ritmo amoroso de los amantes y el ritmo poético constituyen la promesa de elucidar lo que es el “nosotros”, pues el ritmo, dice el poeta en El arco y la lira, “es la manifestación más simple, permanente y antigua del hecho decisivo que nos hace ser hombres: ser temporales, ser mortales y lanzados siempre hacia algo, hacia lo otro: la muerte, Dios, la amada, nuestros semejantes”.

Precisamente, no cito fragmentos del poema para no dañar el ritmo, pero invito a leerlo completo.




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