Monday 27 de February de 2017

Pensar por sí mismo

Miguel G. Ochoa Santos      4 May 2014 20:30:06

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(León)
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Los resfriados son horribles y latosos, funden rápidamente las energías, merman la voluntad y fastidian el cuerpo. Sin embargo, el malestar tiene sus ventajas porque la convalecencia brinda la oportunidad de escuchar música y ver algunas películas o series interesantes.

Como la enfermedad me echó a perder el puente, tuve que reposar en cama y dedicarme a buscar algún buen filme en la red. Afortunadamente, encontré una joya cinematográfica de Margarethe von Trotta, dedicada a repasar un episodio crucial en la vida de la filósofa judía de origen alemán: Hannah Arendt.

Me refiero a los artículos que por encargo publicó en la revista The New Yorker en 1961, a partir del proceso llevado a cabo en Jerusalén para enjuiciar al criminal nazi Adolf Eichmann; textos que más adelante aparecieron en la forma de libro con el título Eichmann en Jerusalén. Sobre la banalidad del mal.

El enfoque de Arendt es meticuloso y original, alejado de los lugares comunes, los arrebatos sionistas y los furores vengativos; de ahí las molestias que generó en los sectores más pasionales y nacionalistas de la comunidad hebrea. La filósofa viajó a Jerusalén para seguir de cerca el juicio de Eichmann y lo primero que llamó la atención suya fue la radical mediocridad del funcionario nazi. Esperaba tener enfrente a un cruel y siniestro Mefisto, personificación del mal absoluto, pero en su lugar encontró un burócrata apocado.

En sus textos Hanna Arendt lo describe así: “Lo que me impresionó del acusado era su manifiesta superficialidad, que no permitía remontar el mal incuestionable que regía sus actos hasta los niveles más profundos de sus raíces o motivos.

Los actos fueron monstruosos, pero el agente -al menos el responsable que estaba siendo juzgado- era totalmente corriente, común, ni demoníaco ni monstruoso. No presentaba signo de convicciones ideológicas sólidas ni de motivos específicamente malignos, y la única característica destacable que podía detectarse en su conducta pasada, y en la que manifestó durante el proceso y los interrogatorios previos, fue algo enteramente negativo; no era estupidez sino incapacidad para pensar”.

Una y otra vez, chocaban los testimonios de las víctimas contra un muro pétreo e inmutable, contra una mirada incólume escondida detrás del rostro burocrático. Sin remordimientos ni sentimientos de culpa, el victimario trataba de demostrar que la obediencia irrestricta elimina los dilemas éticos, porque libertad y conciencia no son atributos de los subordinados. El significado atroz de enviar a millones de judíos a los campos de la muerte se desvanece en el cumplimiento del deber burocrático.

Es este no pensar el que Arendt denominó como banalización del mal. 




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