Friday 09 de December de 2016

Poema de solidaridad desde España

Elizabeth Sánchez Garay      13 Nov 2014 21:29:15

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Hace tiempo comentaba, en una de mis colaboraciones de este periódico, que hay lugares donde las mujeres se reúnen en las plazas públicas para bordar, como forma de conservar la memoria del ser querido que ha desaparecido y como posibilidad de resistir la violencia.

Las bordadoras del mundo, presentes en México, Guatemala, Francia, Inglaterra, Japón y Argentina, no son solo seres dolientes, sino activistas que claman justicia y cuyo quehacer les permite generar un halo de esperanza de encontrar al que salió de casa y ya no regresó.

Y es que probablemente uno de los pesares más profundos que puede tener una persona es la desaparición forzada de un familiar, acaso más intenso que la defunción del ser querido, porque la muerte va acompañada de despedida y duelo, lo que ayuda a aligerar el espíritu.

En cambio, la aflicción experimentada por la desaparición va unida, además, de ansiedad, martirio e impotencia para los familiares, cuyo pensamiento zigzaguea entre la posibilidad de que la víctima viva en condiciones infrahumanas y tortuosas o que haya fenecido con muchísimo dolor, aunque la esperanza de encontrarla con vida nunca muere del todo.

Por eso los padres de los 43 normalistas de Ayotzinapa rechazan la versión gubernamental de que los jóvenes fueron ejecutados e incinerados por miembros de la delincuencia organizada. Como dice uno de ellos: “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”. Esta posibilidad es, desafortunadamente, remota. Más de una u otra forma deben tener al menos la certeza de lo que ha acontecido.

Como señala el psicólogo Carlos Beristaín, quien durante más de 25 años ha estudiado las desapariciones forzadas en América Latina, éstas son las formas más siniestras de violencia. Desde su punto de vista, quien padece esta situación entra en “una especie de limbo del que ni siquiera se puede hablar. Ni siquiera hay un estatus para ese dolor”.

La consternación sobre lo sucedido en Iguala ha cruzado fronteras. Es casi imposible ser indiferente ante tanto pesar. Hace días recibí un tríptico elaborado por el poeta Joaquín Herrero, antiguo compañero de la Universidad Complutense de Madrid, donde cursamos el doctorado. Él ha escrito un tríptico para los normalistas desaparecidos que comparto con los lectores:

(1) ¿Adónde, dónde están vuestras pupilas? ¿Con qué sombra de obscena impunidad?

(2) Quiero vuestras cenizas. Sí, las quiero aquí, en el cuenco de mis manos, para aventarlas al viento contra vuestra oscura violencia sin nombre.

(y 3) ¿Acaso vais a matarme, nos vais a matar a todos, como a Federico García Lorca, en una cuneta, bajo una luna rota de sangre?

(Tríptico de los 43 desaparecidos de Iguala. Vivos los queremos).

Miembro del SNI




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