Thursday 19 de January de 2017

Redes del conocimiento

Miguel G. Ochoa Santos      7 Sep 2014 21:30:10

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En el siglo pasado se produjo un debate muy sugerente en torno a los efectos indeseables de los medios de comunicación y las industrias culturales en la formación de la conciencia de los individuos.

Sobre todo la televisión fue el blanco privilegiado de la polémica entablada entre el bando de los apocalípticos y el de los integrados, incluso Umberto Eco publicó un libro sobre el tema.

Los críticos radicales concedían un poder casi absoluto e hipnótico a los contenidos transmitidos por el espectro electromagnético. Derivaban efectos perjudiciales inmediatos en los individuos por el solo hecho de exponerse a éstos, sin considerar las mediaciones y filtros que las personas utilizan cuando consumen mercancías mediáticas. Si los aparatos de información difundían contenidos idiotizantes, señalaban los profetas de la catástrofe, entonces quienes se chutaban los programas emitidos padecerían del mismo mal.

Por el contrario, algunos de los defensores más extremos de los medios, resaltaban el efecto positivo que éstos tenían en la integración de los individuos al statu quo, e hinchaban sin rubor las presuntas habilidades que los espectadores poseen para desechar lo que es contrario a sus intereses.

Conforme avanzaron los estudios sobre el fenómeno de las influencias mediáticas y culturales ambas posiciones perdieron fuerza e influencia. Hoy los modelos explicativos tienden a tomar en cuenta tanto las condiciones estructurales de los medios como empresas mercantiles, como las estrategias retóricas de los mensajes y las estructuras cognitivo-culturales que los individuos emplean para interpretar los contenidos de los mass media. Tenemos, por tanto, instrumentos más complejos y ricos para analizar el campo de los efectos.

No obstante, la polémica del pasado parece retornar con la misma intensidad silvestre de antaño en lo que se refiere a los contenidos difundidos por ciudadanos y grupos en las redes sociales. Una gran porción del mundo académico, cuya formación es profundamente tradicional y anterior a la revolución cultural introducida en la sociedad por las tecnologías de la información, ha reaccionado histéricamente a la proliferación exponencial de opiniones, conocimientos, documentos y productos culturales que la internet divulga a nivel planetario.

Los múltiples intereses y las distintas consideraciones que subyacen a las reacciones de rechazo no son uniformes, aunque en todas ellas se podría apreciar un temor a perder el control que las instituciones del viejo régimen cultural del conocimiento proporcionaban al espacio académico. No olvidemos que estos organismos han mediado durante siglos entre el ciudadano y los nódulos del saber y de la técnica. En sus entrañas se decide qué es lo debe ser validado como verdad y conocimiento científicos.




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