Friday 09 de December de 2016

 Siete años sin aprender de nuestro dolor

J. Luis Medina Lizalde      10 Nov 2013 23:20:05

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No han dejado un solo día de buscar a su hijo desde que fue secuestrado, han gastado lo que no tienen y se han convertido en la sombra de funcionarios que tienen la encomienda institucional de aclarar el caso. 

El padre casi no habla, pero su semblante lo dice todo, la madre no para de llorar y entre pausas me narra que su hija, desolada por la desaparición, hace escasos 6 meses, de su hermano Carlos Fredy, ha intentado suicidarse en dos ocasiones. 

Hace unos días alguien bajó del internet la foto de un joven hopitalizado por una brutal golpiza y a los padres (sobre todo a ella) les pareció que era su hijo, con ese motivo Martín Santoyo Acuña, agente del Ministerio Público  adscrito a la unidad especializada en investigación de secuestros les extiende un oficio en donde solicita el acceso a cualquier hospital de Zacatecas y toda la República a la señora María y al señor Gaytán para que puedan corroborar la identidad del paciente de la fotografía. 

Después de andar de la seca a la meca, el matrimonio, vecino de la colonia Pánfilo Natera de la capital, es informado de que efectivamente el joven de la foto fue atendido  en el Hospital Central de San Luis Potosí, pero que no sobrevivió al grave daño que le propinaron sus verdugos y que, bajo otro nombre, fue reclamado por otra persona y finalmente sepultado en Cerritos, San Luis Potosí.

 En una pausa de su llanto, que a veces está a punto de provocar el mío, me alcanza a decir que la enfermera que los atendió en el hospital potosino le dijo que con ella eran 12 madres o padres que se habían presentado con la misma foto en mano y con idéntica convicción de que se trataba de su respectivo desaparecido. 

En estos momentos la famila Gaytán Eleno está en espera de que las autoridades competentes de Zacatecas y San Luis Potosí efectuén las pruebas de ADN correspondientes. 


Víctimas al garete 
La tragedia de este matrimonio zacatecano es la de miles y miles de familias que viven el mismo infierno. Como en muchos otros casos, la investigación real y los gastos derivados  corren por cuenta de los familiares. El Estado fallido más bien parece Estado inexistente.

Aunque los registros periodísticos no den cuenta del rosario de desgracias, la inseguridad continúa en ascendente curso, un día es un conocido jerezano, otro un prominente agricultor del municipio de Morelos, a veces  el desenlace es el súbito empobrecimiento de una esforzada familia, y hay ocasiones en que además del empobrecimiento, el dolor de no tener de regreso al ser querido. 

La clase política vive el ensimismamiento individualista que la encierra en las preocupaciones electorales y la aparta de la dura realiad en que sobreviven sus potenciales electores, los gobiernos municipales de los últimos siete años ni siquiera se han propuesto depurar sus respectivos cuerpos policíacos, su insolvencia financiera los reduce a la impotencia. 

La cacaraqueada instalación de cuarteles no ha dado los frutos anunciados, Fresnillo es ahora tan o más inseguro que antes.

La criminalidad desbordada retrocede cuando se atacan sus causas, la experiencia internacional enseña que si la sociedad no combina esfuerzos con el estado no hay avances significativos y que la aplicación concreta de las experiencias se produce en sociedades focalizadas, en otras palabras, lo que nosotros no hagamos por nosotros mismos nadie lo hará.

Abrirnos a la verdad sin titubeos  
¿Qué podemos hacer por las víctimas cuando, presas del miedo son las primeras empeñadas en que su tragedia no trascienda? ¿Cómo nos formamos una idea cabal del problema  si sabemos lo que sabemos fragmentaria y tardíamente?  

Hay bastiones sociales que debieran ser intocados por el estado.

 La UAZ es infinitamente más útil viviendo su pluralidad de formas de pensar a plenitud que sojuzgada por dictados burocráticos, una prensa no tiranizada por los convenios de publicidad sirve mejor al desempeño de todos, ciudadanos y gobiernos, poder y oposición. 

Una jerarquía eclesiástica que da voz a los sin voz es mejor aliada de la sociedad que la que se suma al coro oficialista.

Ante la tragedia circundante no queda más que preguntarnos si no ha llegado la hora de que el gobierno cese su obsesiva promoción de interlocutores a modo en vez de escuchar a portadores de verdades incómodas.

La inseguridad en nuestro estado es un reto que reclama la participación de todos a partir de la dura verdad, sin que el gobierno escoja a los que hablen en nombre de la sociedad civil, en este terreno, la simulación es criminal.

Nos encontramos el  jueves en El recreo.




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