Sunday 22 de January de 2017

Cambiarnos de tren

José Carlos García Fajardo      17 Nov 2013 21:10:06

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Preguntaron al poeta inglés John Milton cuántos años tenía. El autor de El paraíso perdido, respondió: “A mucho tirar, unos cinco o seis… porque, no creerá usted que tengo los que ya he vivido”.

Vivir el momento presente, el aquí y el ahora, es el consejo de los sabios en las más importantes tradiciones de la humanidad, porque “somos lo que no somos”, según Hegel.

La iluminación nunca viene de afuera sino que se alumbra como un despertar al caer en la cuenta de la realidad. Mañana no es una realidad sino una hipótesis sobre la que sería insensato apostar nuestra existencia. Ayer ya pasó, y lo hemos asimilado haciéndolo nuestro, o vagaremos desarraigados a merced del viento.

Cada etapa de la vida tiene sus propias riquezas y tenemos que buscar la armonía y aspirar a la serenidad que nos permita ser nosotros mismos.

Esa es la clave de la identidad, que es lo que nos hace ser lo que somos y hace que los otros nos reconozcan como somos. Es un proceso, no una conquista. Una experiencia que nos muestra los elementos distintos y hasta contradictorios con los que está formada nuestra personalidad. Si nosotros nos ocupamos en gestionar nuestras contradicciones, mantendremos alejada la esquizofrenia que nos amenaza.

Es importante saborear el propio conocimiento que nos lleva al respeto del otro. No como objeto de nuestro amor o de nuestra responsabilidad, sino como sujeto que sale al encuentro y nos interpela, para hacer juntos el camino.

Caer en la cuenta de que a todos compete el disfrutar de los bienes comunes nos abre hacia horizontes de plenitud, bondad y belleza. Porque son auténticos, y auténtico es el que tiene autoridad sobre alguien y lo promociona.

No añoremos el pasado en una nostalgia estéril, sigamos en el camino, compartiendo y disfrutando cada momento. Sin atormentarnos por un futuro que no existe, sino que lo vamos haciendo. Como el tiempo, y hasta como el espacio que se define por sus contenidos. Esa es la elegancia verdadera, que el vaso no sea más que la flor.

Y después, si hubiera algo, nos acogeremos al razonamiento de Sócrates “bien me ha valido haber seguido el camino de la virtud”. Y, si no hay nada, me compensa vivir con coherencia y plenitud.

No hay mayor provocación que ser uno mismo. Atreverse a ser, a discrepar, a gozar y a realizarse en armonía con el universo. El sabio acepta la realidad imponiéndole su sello: para hacer lo que queramos tenemos que querer lo que hacemos. Porque nada puede morir, tan sólo cambiar de forma. La existencia nada sabe de la vejez, sabe de fructificar. Ya tenemos lo que buscamos. Hay que despertar.

Madurez significa que hemos llegado a casa. La madurez es conciencia, el envejecimiento sólo desgaste. Todavía queda tiempo para cambiarse de tren.
 




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