Wednesday 07 de December de 2016

Catedrales 

Juan Carlos Ramos León      26 Oct 2014 21:29:41

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Tres cantereros se encontraban trabajando la piedra. Solo los golpes del cincel y el martillo alteraban la quietud de la atmósfera que prevalecía durante el desarrollo de su tarea.

Al preguntarles sobre lo que hacían, cada uno dio una respuesta completamente distinta.

El primero, claramente hastiado, contestó así: “tomé muchas malas decisiones en mi vida y tuve qué acabar aquí, haciendo este despreciable trabajo para ganar unas cuantas monedas y no tener qué robar para que mi familia no muera de hambre, condenado a terminar mis días así, pues no sé hacer otra cosa”.

El segundo, quien se esmeraba en hacer su trabajo, contestó: “estoy desempeñando un oficio digno y honesto para sacar adelante a mi familia; me esfuerzo en hacer bien mi trabajo para conservarlo y que nunca falte el pan en mi mesa”.

El tercero se limitó a afirmar: “yo estoy construyendo una catedral”.

¿Quién no se ha quedado sin aliento al contemplar la majestuosidad de una catedral, basílica o templo cuya belleza arquitectónica inmortaliza no solo al autor sino a todos aquellos que formaron parte del proyecto? ¿Cuántos nos hemos preguntado qué actitud tendrían aquellos cantereros que gastaron buena parte de su vida picando piedra para llegar a tan magnífico resultado?

¡Cuánta falta le hacen constructores de catedrales a nuestra sociedad!

Si los maestros, políticos, empresarios o simples padres de familia dejáramos de ser simples cantereros y cayéramos en la cuenta de la gran responsabilidad que se encuentra en nuestras manos cada vez que tomamos el cincel y el martillo de nuestros oficios, otro gallo nos cantaría a todos.

A nuestra comunidad le hacen falta líderes, sí, pero con una visión más profunda de las cosas; también le hacen falta obreros, técnicos y profesionistas con mayor sensibilidad humana y sentido de trascendencia, que logren traspasar la barrera de los sentidos y abracen con profundo amor las actividades que realizan en todas las dimensiones de sus vidas, comenzando por sus tareas más ordinarias.

El secreto está en la actitud que adoptamos en el mismísimo momento en que despertamos y que va poniéndose a prueba a medida que avanza el día; desde ese preciso instante cada uno debemos de proponernos comenzar el día con optimismo y con las ganas de hacer algo verdaderamente grande sin permitir, por ningún motivo que algo o alguien nos desvíe en el camino.

Imagine usted cómo sería nuestra vida si comenzáramos a construir, piedra sobre piedra, minuto a minuto, los pilares de la gran catedral de nuestra existencia. Al dar los buenos días a los nuestros, al conducir el auto, al desempeñarnos en nuestro trabajo, al interactuar con los demás y, especialmente, al dedicar un poco de tiempo a ayudar a quienes nos necesitan o dependen de nosotros a edificar su propia catedral.

Dejemos de picar piedra todo el tiempo. Construyamos catedrales.




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