Wednesday 07 de December de 2016

Comida

Antonio Sánchez González      28 Aug 2014 21:00:13

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A los 88 años ya le resulta imposible tragar. Después de toda la vida con desnutrición, en los últimos cuatro meses coleccionó diagnósticos con nombres desagradables: insuficiencia cardíaca con muy pobre fracción de expulsión, meningitis infecciosa que le dejó algunas secuelas.

Ya no puede deglutir. El elaborado trabajo de los músculos de la garganta falló y no le es posible hacer pasar líquidos o comida desde la boca hasta el estómago. Cada que intenta un traguito se ahoga un poco.

Regresó con neumonía por aspiración. Un sorbo de caldo convirtió la parte alta de su lóbulo inferior derecho en una esponja hinchada de pus.

El oxígeno disuelto en su sangre bajó hasta el punto en que discutimos si convenía insertar un tubo en su garganta conectado a una máquina para asistir su respiración.

Esta neumonía tampoco es la primera ni la peor en los últimos meses. Ahora, después de antibióticos poderosos, sus niveles de oxígeno subieron y la fiebre desapareció. Digamos que está mejor.

Este patrón no es raro en ancianos, sobre todo en los dementes. Algunos pierden el control de mecanismos físicos que son básicos para tener vida normal: comer, beber, dormir, orinar, defecar.

Los médicos nos estamos habituando a tratar con disfunciones orgánicas crónicas. Cuando fallan los riñones, tratamos de limpiar la sangre con diálisis; cuando alguien no puede respirar,
empujamos gases a los pulmones con una máquina; y si alguien no puede pasar la comida, podemos brincar la garganta con un tubo de alimentación que desemboca directamente en el estómago. Es más normal hablar de cosas que hace poco eran aterradoras.

Pero, contra lo que se pueda creer, ninguna de éstas medidas asegura que la vida se prolongue.

Sobre todo en los ancianos con demencia.

A veces incrementan los sufrimientos: el estómago lleno de calorías artificiales empujadas a fuerza a veces hace sufrir al frágil sistema digestivo de quien, también a veces, trata de quitarse el tubo a manotazos.

Desde el principio de los tiempos, la humanidad alimenta a sus enfermos con la mano. La comida es el mejor cuidado que se puede dar a un ser humano. A cucharaditas, despacio para no apurar la deglución, un sorbo de caldo o una probadita de la comida favorita puede ser uno de los últimos placeres.

Es contrario al instinto humano parar la alimentación. Por eso, cuando alguien es incapaz de apurar la comida por sí mismo, nuestra tendencia es meter un tubo con nutrientes como para atar a quien enferma con la existencia.

Olvidamos que la medicalización de la comida priva a los enfermos de la esencia de la vida: probar, oler, tocar, ser alimentado con cuchara y con cuidado.

Alimentar a cucharadas a un enfermo grave se está convirtiendo en una pieza de la historia humana.

Alimentamos hasta que ya no se puede, alejándonos despacito de la cama por el miedo a sacar el tubo que parece tenerlos amarrados a la vida.




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