Sunday 19 de February de 2017

Como cuando se marca en la arena el número de las zapatillas

Antonio Sánchez González      29 May 2014 21:00:07

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Estábamos como a cuatro cuadras de la plaza y me la soltó así, sin más: “La enseñanza de un torero no consiste solo en mostrarle las suertes, sino también contarle historias; al torero tienes que enseñarle a soñar”. Entendí que no solo íbamos a ver a Joselito lidiar sus propios toros criados en México, sino que me iba a dar otra lección de medicina. Era noche fría, potosina, poco menos de media entrada; ver a José Miguel Arroyo era para quien quisiera entender. De mi maestro, el doctor José Macías, aprendí casi tanto de toros como a ser médico.

Mi relación con la fiesta de los toros y con la enfermedad ha sido natural. Empezó siendo muy niño, cuando llegaba a la plaza caminando al lado de la rueda de una silla. Recorrer el mundo de escalones que hay que subir y bajar para llegar a la puerta de la Monumental de Zacatecas arrastrando la silla de ruedas de mi único tío paterno, inválido por enfermedad de Duchenne, adquiría sentido con el primer lance, del primer tercio, del primero de la tarde. Difícil comprender el gusto de un lisiado por disfrutar de lo que amerita completa aptitud física, aunque el toreo se hace inmóvil “cuando se marca en la arena el número de las zapatillas”. La gente con distrofia muscular muere pronto y quien la sufre lo sabe.

La Medicina se parece mucho a la fiesta. De este lado del mundo, cuando niños, todos hemos dado algún pase a un toro imaginario, igual que hemos pensado en curar a un enfermo inexistente: como decía Rafael de Paula, “Lo más grande de torear es soñar cuando se torea”. El proceso de aprender medicina es largo, a veces doloroso, está lleno de misterios y tiene sus escalas: el internado, la residencia, el primer paciente propio. De manera similar los toreros están solos, en algún momento reciben los aplausos o los pitos, los premios y el vestido. Hay sufrimiento, gozo, dolor, alternantes y subalternos.

En estos días en los que se discute si se debe medir con el mismo rasero legal las actividades en las que se utilicen animales en espectáculos, me queda claro que cada cosa tiene su lugar: según Ortega y Gasset, “La historia del toreo está ligada a la de España -y de la América Latina-, tanto que sin conocer la primera, resultará imposible comprender la segunda”, verdad que es imposible soslayar aunque no digo que sea definitiva. Finalmente, sirva decir que según Hemingway “Es moral lo que hace que uno se sienta bien, inmoral lo que hace que uno se sienta mal. Juzgadas según estos criterios morales que no trato de defender, las corridas de toros son muy morales para mí”.
Si, seguramente hay muchas otras vidas que se van aprendiendo como se aprende medicina. Igual que los médicos, ser torero no se quita.




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