Thursday 08 de December de 2016

Competencia entre los médicos de ayer

Javier Torres Valdez      7 Jul 2014 22:00:05

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En los últimos años, la ciudad de Jerez ha obtenido fama por los servicios médicos que ofrece a la región; pacientes de Zacatecas y Jalisco han hecho de la población su lugar preferido para cuidar su salud. Existen médicos especialistas para todas las ramas de la medicina y varios de ellos de reconocido prestigio.

En 1946 existían en la ciudad solamente cuatro médicos: Roberto Medina Carrillo, José López Pulido, Romeo Romero Sandoval y Francisco Eduardo Varela, quien acababa de llegar de la ciudad de México, donde terminó sus estudios. Los consultorios de los galenos siempre estaban llenos de pacientes. Más tarde llegaron los médicos José Acevedo Solís y Luis Rolando Gómez Muñiz.

Al paso del tiempo se formó entre ellos una rivalidad digna de mencionarse, pues cuando alguno de ellos cobraba menor cantidad por sus consultas, el otro, atendía a los clientes sin cobrarles.

Cierta vez alguno de ellos llegó agrediendo a otro galeno en los salones del Club Rotario, que por aquellas fechas se encontraba en la calle Constitución, en una finca propiedad de la familia Borrego. El escándalo fue mayúsculo y no pocos jerezanos tomaron partido hacia uno u otro lado. Hubo sin embargo, algo que cierta vez los unió: existía en la región un servicio de camiones de pasaje a la región del cañón de Tlaltenango, llamados Transportes Tepechitlán y cierta vez a causa de una falla en la dirección, una de sus unidades se estrelló de frente contra un muro del puente de la Ermita de Guadalupe. El camión transportaba no menos de 70 pasajeros, pues muchos pasajeros iban de pie.

Los heridos y golpeados fueron trasladados a Jerez en carros y camionetas particulares. En minutos todos los médicos se vieron con no menos de una docena de lesionados.

Lo peor del caso es que el servicio de energía eléctrica era deficiente; el único que tenía planta de luz era Acevedo, quien al verme, me jaló a su consultorio, me dio una bata, un gorro y unos guantes para que auxiliara a su esposa Margarita a lavar las heridas menos graves de los pasajeros.

Así pasamos varias horas, entre sangre, gasas, vendas y medicamentos que nos indicaban les diéramos a los lesionados.

En un momento determinado, se terminó el hilo de suturar y con la bata puesta fui con los demás médicos a buscarlo. Lo conseguí con el doctor López Pulido y cuando le pregunté cuánto valía me respondió: "ve y llévalo, en emergencias no se vale fijarse en pequeñeces".

Uno de los buenos cirujanos de aquel entonces lo era sin duda ninguna Acevedo, pues estaba especializado en cirugía de abdomen y fueron destacados los casos en que salvó de las garras de la muerte a varios heridos a balazos o cuchilladas, en los tiempos en que la gente campesina se enfrascaba en duelos a mano armada.

Los demás eran médicos familiares que tuvieron un auge inusitado, pues acababa de salir al mercado mundial la penicilina, que substituía a las solfas en los problemas infecciosos.

Fue Romero quien por primera vez en mi existencia, me inyectó el milagroso antibiótico, que pudo salvar de amputación mi pie derecho, infectado por un clavo que había pisado y por temor a un regaño, no había avisado a mis padres; la infección fue cediendo gradualmente, solo que me tenían que inyectar cada cuatro horas por varios días.

En otra ocasión, cuando me encontraba jugando con uno de mis primos de nombre Wilfrido, tiramos una soga sobre las ramas de un árbol que se encontraba frente a donde hoy está la oficina de correos. Ahí nos columpiábamos alegremente cuando fui aventado con violencia por uno de mis compañeros, dándome un fuerte golpe en la cabeza que me dejó aturdido y me produjo una enorme herida en el cuero cabelludo, esa vez me atendió el doctor Varela, quien con buen sentido del humor, me vendaba la cabeza, formando con el material de curación diversos tipos de boinas o cascos.

Aquellos médicos de pueblo vivieron una época maravillosa, pues entre ellos no existía el materialismo, y fueron tal vez cientos de veces que cumplieron con el Juramento de Hipócrates.




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