Wednesday 07 de December de 2016

Cristo nos llama a vivir con la plenitud del amor de su padre celestial

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba      22 Feb 2014 21:30:05

A- A A+

Compartir:
Jesús pidió a sus discípulos que se perdonaran los unos a los otros. (Cortesía)
Jesús pidió a sus discípulos que se perdonaran los unos a los otros. (Cortesía)
INTRODUCCIÓN
En el domingo pasado comenzamos a meditar y reflexionar acerca de la ley cristiana que asume, eleva y trasciende la ley mosaica del Antiguo Testamento.

Hoy también las lecturas de este domingo agrandan el tema del amor como plenitud de la ley.

En efecto, la primera lectura tomada del Levítico, Moisés, de parte de Dios, habló al pueblo de la siguiente manera: “Sean santos, porque yo soy santo”.

Dios inculca y pide el amor a los semejantes que excluye el odio, la venganza y el rencor. “Ama a tu prójimo como a ti mismo: Yo soy el Señor”.

CRISTO NOS ENSEÑA Y NOS PIDE VIVIR CON LA PLENITUD DEL AMOR DE SU PADRE CELESTIAL
El día de hoy esta enseñanza contiene dos temas:

A).- La superación de la “Ley del Talión”.

B).- El amor y el perdón para con los enemigos y perseguidores que hacen el mal.

A lo primero, consideremos que esa ley era dura e implacable. El “talión” significa en la historia de los pueblos del oriente y especialmente en Babilonia y durante el segundo milenio antes de la venida de Cristo, un conjunto de reglas o leyes que servían a los jueces para definir el equilibrio entre las ofensas y su reparación lo más justamente posible: “Ojo por ojo y diente por diente” fue la norma y síntesis básica de esa ley, para evitar el derramamiento excesivo de sangre en forma indiscriminada y arbitraria.

Jesús se expresa diciendo: “Han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo que no hagan resistencia al hombre malo”. Quiere decir: No tomen venganza y desquite.

En seguida, recurre a explicar este principio moral de comportamiento con algunas comparaciones fáciles de comprender, como hemos leído y escuchado en el texto del evangelio de hoy.

Estas comparaciones nos dicen que nuestro amor fraterno, en nombre de Dios, debe ser amplio, sin fronteras, a pesar de la dificultad que esta enseñanza de Jesús encierra. Solamente la gracia y la asistencia del Espíritu Santo harán posible su comprensión y cumplimiento.

El hombre desde su naturaleza limitada y dañada por el pecado y las instigaciones del Demonio, con su tendencia y afán para reafirmar su excelencia y dignidad, haciendo que su “yo” sea el centro que quiere dominarlo todo y someter a los demás a su arbitrio, valores y decisiones, no será jamás capaz de admitir, sin más esta enseñanza, contra la cual se revela afirmando su orgullo y prepotencia y su dignidad herida y ultrajada.

En todo caso se oye decir: “Yo perdono... pero nunca olvido”. Cristo quiere que perdonemos y amemos a los que nos hieren y ofenden, devolviendo bien por mal.

Cosa que encuentra mucha resistencia en los hombres pecadores que somos y con una afirmación de la propia personalidad sin ningún sometimiento a los demás y queriendo siempre que los demás, sí se someten al propio yo. Actitud egocéntrica que nace del pecado original y sus consecuencias pecaminosas en la vida y las relaciones de individuos, familias, pueblos y naciones.

Este egoísmo innato se cura solamente con la humildad, la gracia del perdón divino y con la santidad a la medida del padre eterno: “Sean perfectos como su padre del cielo es perfecto”.

En el segundo tema del evangelio de esta eucaristía dominical, Jesús nos dice: “Han oído que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a quienes los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos y manda su lluvia sobre los justos y los injustos” y recalca: “Sean perfectos, como su padre celestial es perfecto”.


CONCLUSIÓN
Ciertamente ser cristiano de verdad a la medida y la talla de Jesucristo, es algo difícil de llevar a cabo, pero no insuperable.

Los santos y mártires de todos los tiempos de la historia del cristianismo han dado su vida totalmente para ser como Cristo y de acuerdo a sus enseñanzas.

Cristo da a quienes se lo pidan la vocación y la gracia para cumplir sus leyes y preceptos, que adquieren su cuerpo y amplitud, en el amor a Dios por encima de todas las cosas y a los hermanos por él, por nosotros mismos y por nuestros prójimos.

El amor cristiano, así entendido y vivido, es la fuerza espiritual, moral, física, individual y comunitaria, para ser en el mundo de todos los tiempos y en el de hoy, la luz que brille alegremente en medio de las tinieblas y amarguras de este mundo manchado y herido por el pecado y la muerte.

Digamos pues, confiadamente: ¡Señor, sé tú nuestro amor, nuestra generosidad y nuestra alegría para transformar nuestros ambientes de tinieblas en luz, de odios y crímenes, en fraternidad, en paz, serenidad, seguridad y concordia como adelanto del nuevo mundo que esperamos construir todos los días y hasta el fin de nuestros días y del mundo, unidos a ti y a los hermanos como una sola familia unificada por la ley suprema del amor!...




Comentarios
No existen comentarios aún
Accesa o regístrate para poder comentar

Lo más leído
Aplicaciones


Servicios
$ Dolar
Compra 20.33
Venta 20.83
€uro
Compra 21.84
Venta 22.34

Multimedia



©Todos los derechos reservados
GRUPO EDITORIAL ZACATECAS, S.A. DE C.V.- De no existir previa autorización, queda expresamente prohibida la Publicación,
retransmisión, edición y cualquier otro uso de los contenidos de este portal.




Aviso de privacidad