Sunday 04 de December de 2016

Crónica en clínica del IMSS

Édgar Félix      24 Mar 2014 20:30:06

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Los mayas tienen cinco días malditos denominados el uayeb en su calendario de 365 días en el que nadie sale de sus casas ni trabajan ni realizan actividades; las clínicas del IMSS deberían tener esas precauciones mayas durante los cinco minutos malditos del día que las asaltan los infortunios vestidos de hombres, mujeres, ancianos, niñas, niños, fantasmas.

En esa cuenta de 300 segundos llega una chef quemada del cuello y cara con aceite, un atrofiado señor tomándose la mano derecha con la izquierda por una escalera de aluminio que le destrozó varios falanges, una niña que vomita cada media hora, una señora de algunos 80 años que trae el brazo derecho dormido, y, un fantasma con gorra de los yankees, que al parecer, con un dejo de mitomanía, soledad y falta de atención, dice que está enfermo, que no ha desayunado, que le duele el cuerpo, que suda, que su cabeza explota de traer tantos personajes que lo atormentan.

La mujer de blanco con gorrita y chalecos verde oscuro, a todos les solicita el carnet del IMSS y ninguno lo trae este día. Mala suerte. No previeron tener un accidente, y ese pequeño detalle de olvido molesta a la enfermera que los atiende. ¿Cómo es posible salir a la calle un martes 11 de marzo del 2014 sin el carnet del IMSS? ¿A quién se le ocurre?

La clínica uno está ubicada en la colonia Roma, muy cerca de la estación del Metro Insurgentes, en la Ciudad de México. Del otro lado de la Zona Rosa y de este lado de la desgracia mexicana. Está el señor fracturado de la mano. Su rictus asemeja al del pescador náufrago ante el inmenso mar que lo cubre, de intenso dolor y desolación. Agacha la cara para verse la enorme bola color púrpura que le crece paulatinamente.

Una bomba de sangre, huesos rotos y músculos atrofiados. La adrenalina ya lo abandonó y se duele como soldado de guerra herido en batalla. Nadie lo ve, nadie escucha sus constantes quejidos. Espera su turno, paciente, espera que le traigan su cartilla. Ve hacia todos lados. Parece que quiere salirse de su cuerpo, abandonarlo.

Ha regresado la chef y se ha sentado al lado. Sube sus fotos al feis. Escribe que no ha sido gran cosa.

Habla con su hijo por teléfono, lo consuela. “Mi amor, mami está bien, no te preocupes”. Con su hermano, se ríe del susto.

Se ríe de todo. El hombre regresa con la mano vendada, enyesada, sonriente. Los antibióticos y analgésicos ya hacen su efecto. Parece que viene de algún lugar donde dan felicidad en cápsulas de 500 miligramos. Ya no ve hacia todas partes.

La anciana no regresó, la enviaron a cardiología. Su acompañante entra para ir en la ambulancia rumbo a un hospital de especialidades. La niña ya no vomita, trae un dulce. El hombre fantasma se va hacia el hospital de Gabriel Mancera, enojado, molesto, porque no supieron detectarle todos sus achaques. Son inútiles estos doctores, estas enfermeras. No le dieron un boleto hacia donde sus compañeros viajaron con regreso feliz.
 




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