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Cuando la feria de Jerez era importante

Javier Torres Valdez      3 Feb 2014 21:00:07

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Al acercarse la feria de primavera, no podemos menos que recordar los preparativos que realizaban los jerezanos que tuvieron la suerte de vivir aquellos bellos años de los cincuentas.

Por aquellas fechas, si mal no recuerdo, sólo existía el Club Rotario y la Asociación de Charros, a quienes en la elección de la reina solo les hacía contrapeso la Cámara de Comercio.

Los Rotarios, aunque pocos, reunían una verdadera fuerza social; de los entusiastas integrantes que recordamos estaba José López Pulido, el doctor Medina, Isidro de Santiago, el doctor Romero y el dentista Juanito de Santoyo, quien heredó a sus hijos el gusto por la fiesta de los toros, pues supo y pudo ser empresario de algunos festejos importantes.

La sede del Club Rotario se encontraba en la parte alta del edificio de la calle Constitución. Ahí se encontraban dos mesas de billar, donde a hurtadillas los hijos de los socios pretendían jugar pool.

Una de las más acaloradas elecciones para reina de la feria fue en donde compitieron: Rosita Franco y Cira González, habiendo resultado electa la primera de ellas. Pasados algunos meses, Rosita contrajo nupcias con Carlos Escobedo y Cira se casó con Chon Aguirre; el primer matrimonio fijó su residencia en la Ciudad de México y el segundo en Los Ángeles.

El Teatro Hinojosa fue el escenario de aquellas memorables pugnas en donde los partidarios de las candidatas hurgaban en sus bolsillos para sacar hasta el último peso para adquirir cinco votos más, pues estos valían 20 centavos.

Durante los días de cuaresma, había una tranquilidad total, la gente evitaba encender el radio, (televisión aún no había). Las mujeres de mayor edad vestían ropa oscura en señal de duelo por la Pasión y Muerte de Cristo. En los días de la Semana Santa, ni las campanas de las iglesias se escuchaban; el llamado a los servicios religiosos se hacía por medio de “matracas de madera, y quien hacía sonar este artefacto, recorría las cornisas de los templos en sus cuatro puntos cardinales.

Llegado el Sábado de Gloria, en sus primeras horas, el pueblo guardaba una aparente tranquilidad y mientras los hombres acicalaban a sus pencos, las mujeres empezaban con su arreglo personal, ya que ese era el día del estreno y de lucir sus mejores galas.

El celo de los charros de hace 50 años era tal que, auxiliados de la policía municipal, obligaban a los jinetes a traer sombrero grande, ya que por aquel entonces era de mal gusto lucir texana, aparte de que poco se usaban.

Algunos hombres de a caballo lucían hermosos trajes, con botonadura de plata y la clásica pistola tipo revólver; los más vestían traje charro de faena y recorrían las calles del pueblo mientras que las mozas, se asomaban a las puertas para ver pasar a los jinetes y estos a su vez a las chicas.

El alcohol, que nunca faltaba (por aquellas fechas no se vendía cerveza más que en las cantinas), hacía que esporádicamente surgiera alguna pelea, pero cuando las rencillas eran graves no faltaban heridos y hasta muertos.

Las cantinas El Tigre Negro de El Chayote, La Oriental de Enrique Acevedo y El Maguey, ponían en el exterior de sus locales un entarimado, donde se subía algún tamborazo a tocar los jarabes regionales, como Los colorados, La cabrona, Las torres de Puebla, Los górgoros, La china china y La Chirriona. El concepto de banda no existía.

A la mañana siguiente, atemperados los ánimos, por la “cruda”, se iniciaba el domingo con más calma y era el Jardín Principal donde se reencontraban los paisanos con los comentarios de la juerga corrida el día anterior, mientras aseaban sus zapatos o botines charros en las bolerías de El Pollo, El Tonchis, El Gorila, Don Ray, Sóstenes, El Caño y La Madre Chona. 




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