Monday 05 de December de 2016

Cuando se acercaba la temporada de lluvias

Javier Torres Valdez      26 May 2014 20:20:05

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Cuando hace medio siglo se acercaba la temporada de lluvias, era común escuchar el incesante martilleo en los yunques de las fraguas de la calle Reposo, mejor conocida en aquellos ayeres como calle de Las Fraguas, pues en su trayecto, existían no menos de diez de ellas y el infatigable trabajo se dejaba ver desde temprana hora, pues ahí llevaban a herrar a los caballos, arreglar las alas de los arados, encarruñar las barras, las hachas y los talaches.

Y no es que los sistemas hayan cambiado tanto con la llegada de los tractores, sino que esos talleres han desaparecido y solo quedan unos pocos distribuidos en toda la ciudad.

El temporal se iniciaba el día de San Antonio, o el día de San Juan, con alguno de aquellos memorables aguaceros que hacían crecer el Río Grande, hasta hacerlo brincar en el puente de la calle San Luis.

Al construirse la presa El Tesorero, todo ese caudal quedó cautivo y el agua vino a solucionar el problema de muchas hectáreas “aguas abajo”; pese a que existe una amplia zona de riego, pocos son los jerezanos que se dedican de lleno a la agricultura porque generalmente sus actividades las combinan con vueltas hacia Estados Unidos, donde realizan trabajos en el campo, solo que por allá recogen dólares y por acá sus esperanzas rotas.

No pocos vecinos aprovechaban también esa corriente para arrojar la basura acumulada de varios días, el servicio de limpia era muy deficiente, en las cuatro esquinas del jardín los vecinos depositaban su basura que era recogida en un carretón tirado por una mula de mal genio, el primer vehículo para recoger basura, fue el adquirido por el presidente municipal Toribio Peralta Gámez; era un Chevrolet de tres toneladas, color rojo, manejado por un preso llamado Guadalupe Rodríguez, quien huyó dejando el camión lavado y encerrado en la e presidencia con un recado que decía que regresaría en tres días, pero no dijo de qué año.

El patio de la alcaldía era el de la cárcel y existían numerosas tapias de lo que en un tiempo fueron celdas y “bartolinas”, una de ellas de dos metros cuadrados, lugar del que contaban que hasta los más duros criminales lloraban pidiendo que los sacaran de ahí.

Cuando, al paso de los años, Jesús Sánchez, reconstruyó el palacio municipal todas esas ruinas desaparecieron dejando intacto un pozo que se encuentra atrás del patio de la sala de regidores; decía mi abuelo que durante la Revolución las autoridades arrojaron armas y dinero en monedas, las que quizá todavía se encuentren ahí esperando que algún decidido utilice nuevas técnicas y las saque.

Al iniciarse la instalación del drenaje les tocó a los presos elaborar los tubos de cemento, para curarlos y fraguarlos se construyó una pila de cemento que era llenada con el agua que a manos se sacaba de otro pozo que se encontraba donde ahora está la fuente central de la presidencia, en los días de calor, los detenidos sorteaban su turno para meterse a dicha pila.

El oficial mayor de la presidencia era un exsargento del Ejército Mexicano de apellido Romaña quien solicitó su retiro en esta ciudad y por su conocimiento en mecanografía fue designado para ese puesto, pero cuando bebía algunas copas se ponía a declamar la obra de numerosos poetas mexicanos, los versos de Díaz Mirón, Gutiérrez Nájera, Juan de Dios Peza y Antonio Plaza; más que sargento era un bohemio.

Eran los tiempos de la bohemia, las serenatas, los ramos de flores, el romanticismo de los años cincuenta, cuando todavía eran comunes las serenatas con piano y escogidísima música; se buscaba agradar y no agredir, pues la policía estaba lista para actuar al primer grito que se escuchara, la quietud de la noche permitía que la música de tales serenatas recorriera suavemente las calles aledañas, pues existían muy pocos vehículos de motor que molestaran con su ruido.

Había quietud y romanticismo en un jardín inundado de olor a jazmín, a rosas y a huele de noche.
Eran tiempos que vale la pena recordar para darlos a conocer a las nuevas generaciones, que solo conocen los bailes de banda y son los que confunden el ruido con la música.




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