Saturday 10 de December de 2016

Damos gracias a Dios

Tanya Ortiz      29 Oct 2013 23:10:05

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GUADALUPE.- Doña Ramona fue uno de los tres pasajeros que subió en Aguascalientes al Ómnibus de México procedente de Lagos de Moreno que iba a Matamoros. Desde las 9 de la noche estaba esperando el camión que la llevaría a Monterrey, Nuevo León porque este martes a las 10 de la mañana acompañaría a unos familiares a un sepelio. Le dieron el boleto marcado con el asiento número 1, justo enfrente, para que viera el camino antes de quedarse dormida.

A las 10:40 de la noche el autobús pasó por el retén instalado en Cosío, Aguascalientes y decidió que mejor se cambiaría de asiento para poder acostarse y se fue para en medio. A los pocos minutos sintió “un traqueteo, el camión se movió bien feo y se oyó un ruido muy fuerte, luego como si hubiera muchos balazos”.

Cuando tomó dimensiones de lo sucedido sólo daba gracias a Dios de estar viva. Ya no iba a ir a Monterrey y mejor se regresaría a su casa... en cuanto alguien pudiera ayudarla a salir de ahí, no sabía cómo porque traía unos zapatos quién sabe de quién, pero en el derecho traía un zapato izquierdo
y en el otro una sandalia.

Junto a la barrera de contención estaban otros pasajeros: un joven sentado en la carretera, abrazado de sus piernas que veía y al mismo tiempo no. Un hombre con sangre en la ropa y la cabeza se aferraba a un Minion de peluche, tal vez para aferrarse a la vida que un instante estuvo a punto de perder, y sólo miraba a policías, bomberos y paramédicos que caminaban de un lado para otro haciendo preguntas y aluzando entre vidrios y fierros retorcidos.

Doña Ramona se hacía compañía con otras tres mujeres de la tercera edad, como ella, que también daban gracias a Dios. Una estaba preocupada porque quería ir al baño pero a sus espaldas estaba un barranco y no podía moverse; su prótesis de la rodilla le estaba doliendo mucho y su bastón no le ofrecía suficiente apoyo.

Otra estaba preocupada por su marcapaso y el dolor en el brazo izquierdo, pero se decía “a la mejor es por el susto, me voy a calmar porque sólo tengo un golpe en una rodilla, hay que estar tranquilas”.

Con una pierna sangrante, otra señora trataba de explicar vía telefónica a una familiar histérica dónde estaba y lo que había sucedido a grandes rasgos. Ni idea tenía. Estaba en medio de la nada, en plena oscuridad y sólo las luces de las patrullas y las ambulancias las cegaban. Su viaje a la frontera, al igual que el de sus compañeras, había terminado abruptamente, “pero gracias a Dios estamos bien”.

Una necesitaba zapatos porque sus plantas sangraban debido a los vidrios que traía enterrados, encontró una sandalia. Era el par que completaba la que traía doña Ramona, quien finalmente decidió dársela para que fuera a buscar sus cosas, a ver si se las daban porque la policía estaba juntando las maletas para evitar que se llevaran las equivocadas, con, o sin intención.

Doña Ramona sólo iba con un monedero y su chal que había usado de almohada. Tras el traqueteo recuperó su monedero, “pero el teléfono salió volando, no sé dónde habrá quedado”.

Sólo quería salir de ahí y regresar a su casa, a recostarse en su cama caliente, sabedora de que al bajar los pies ahí estarían sus zapatos.




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