Sunday 22 de January de 2017

Daño nuevo 

Juan Carlos Ramos León      5 Jan 2014 19:30:05

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Desperté el 1° de enero de este 2014 con un sabor agridulce en la boca. No tiene que ver con los acompañamientos habidos en la celebración de la noche anterior, aclaro. Más bien tiene que ver con la caprichosa fusión del optimismo generado por el comienzo de un año nuevo y el terror proveniente de las disposiciones fiscales que entraron en vigor en nuestro país.

Comienzo esta reflexión con el siguiente análisis.

Un impuesto -o tributo- es una obligación que todo miembro de una comunidad adquiere al solicitar que exista un órgano que ponga un orden necesarísimo para la convivencia de un grupo de personas. Con “poner orden” me refiero a la realización de todas aquellas actividades alineadas a la consecución del bien común: seguridad, salud, educación, sólo por mencionar las más básicas e importantes.

Estas actividades han de tener como fin la prosperidad de la comunidad, es decir su desarrollo, su progreso. A medida que dicha comunidad avanza y crece van surgiendo nuevas cosas a las que hay que “poner orden” y, en consecuencia, nuevas actividades que hay que desempeñar.

De entre las actividades que hay que desempeñar para “poner orden” se encuentra la de regular el comportamiento de los individuos que forman el grupo y por lo mismo se va creando un marco normativo del que van emanando las leyes que se tienen que cumplir para que existan condiciones que den a cada quien lo que le corresponde (lo hemos llamado “justicia”).

Hasta aquí la teoría. Ahora, la práctica.

El órgano “ordenador” elegido (lo llamamos gobierno), facultado legalmente por nuestros “representantes” –a su vez facultados unos por una elección popular muy poco reflexionada y más bien resultado de un fenómeno llamado “mercadotecnia política” y, otros, por unas enredadas fórmulas así llamadas “de representación proporcional” creadas y legitimadas quién sabe cuándo y por quiénes-, en una actitud lo más parecida a la de aquellos regímenes totalitaristas que son parte del pasado se “adueña” virtualmente de todos los medios productivos y voltea la tortilla de un “de lo que gano te tributo una parte para que pongas orden” a “de lo que produces primero tomo todo lo que pueda y después a ver qué sobra para ti”.

¿No es acaso esto lo que sucede con las nuevas disposiciones fiscales?
Si lo anterior no bastara hay que añadir otro ingrediente: “viejo, lo del chivo no me alcanza, echa pa’ acá la cartera a ver cuánto más te saco”. Traducido a términos menos coloquiales: el gasto público exige la creación de nuevos impuestos.

La ineficiencia administrativa y hasta la codicia de algunos aferrados al hueso hace que, en lugar de ver dónde se pueden hacer ajustes para que “el chivo alcance” se agarre la ley y con ella se exprima más a la misma naranja que sigue sin recibir seguridad, salud ni educación.
¿Realidad o historia de terror? Usted decida.
 




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