Monday 05 de December de 2016

Domingo de Ramos de la Semana Santa 2014

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba      12 Apr 2014 23:00:07

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Jesús recibió un juicio injusto por parte de Poncio Pilatos. (Cortesía)
Jesús recibió un juicio injusto por parte de Poncio Pilatos. (Cortesía)
INTRODUCCIÓN 
Con este domingo, tan solemne, estamos dando comienzo a la Semana Santa del presente año.

El tiempo de la Cuaresma debió habernos preparado con el arrepentimiento de nuestras almas, con frutos de penitencia y una vida nueva de estado de gracia, para la gran celebración del triduo sacro de la Pascua de resurrección de Jesucristo, correspondiente al ciclo A.

Precisamente este triduo corona esta Semana Santa, para luego dar comienzo a la gran cincuentena pascual, en la cual, desde el domingo de la resurrección del Señor, está presente el resucitado con toda la fuerza de su vida plena.

Así iluminará a toda la humanidad redimida del pecado y del olvido de Dios, quien ama a los hombres en la persona de su hijo Jesucristo, que colma de esperanza, alegría y luz a todos los que creen en él y libremente se dejan llevar por el camino de la salvación, hasta llegar a la inmortalidad de la vida eterna en el cielo.

Hemos llevado a cabo la procesión de las palmas o ramos, hasta llegar a nuestros templos para la santa Eucaristía en la cual reconocemos el valor de la entrega de Jesús, quien al padecer sacrificialmente por todos los hombres y mujeres, nos muestra su entrega total por amor a la humanidad.

Hemos escuchado la narración de la pasión de Cristo, según San Mateo y en esta homilía, brevemente, quiero hacer alusión a tres momentos de la Pasión de Jesús, que nos ayuden a situarnos en la espiritualidad de este solemne Domingo.

Este día es la puerta de entrada a toda la Semana Santa, hasta llegar a la luz del resucitado que brilla para todos con alegría, esperanza y bondad salvadoras y nos capacita por medio de la fe para acompañarlo en todo momento en nuestras vidas renovadas por su gracia de muerte y resurrección.

JESÚS EN EL HUERTO DEL GETSEMANÍ 
Este primer momento de Jesús en el huerto de Getsemaní encierra un dolor inabarcable para Jesús.

Este dolor es el peso tremendo que él asume para redimirnos de todos los pecados y rebeldías que todos los hombres y mujeres cometemos a lo largo de la historia de los pueblos, culturas y naciones.

El evangelista San Mateo nos relata en síntesis apretada que Jesús “comenzó a sentir tristeza y angustia.

"Entonces les dice: mi alma está triste hasta el punto de morir; quédense aquí y velen conmigo”.
Tal es su sufrimiento que derramó sangre de su cuerpo en gotas que caían hasta el suelo.

Esta experiencia de angustia terrible y mortal le hace decir a su Padre eterno: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz, mas no se haga mi voluntad sino la tuya”.

El filósofo francés Pascal ha dicho al contemplar a Cristo en su soledad y abatimiento en el huerto:
“Cristo está en agonía en el huerto hasta el fin del mundo. Es necesario no dejarlo solo”.

Con Cristo por él mismo y por nosotros sus redimidos, entendamos con experiencia de fe rendida y solidaria, que Jesús está en agonía, allí donde hay un ser humano que lucha con la tristeza, la soledad inerme, el miedo, la angustia y que ha llevado a muchos a suicidarse, en situaciones sin camino de salida, como él aquella noche en el huerto de Getsemaní.

Nosotros ahora ya no podemos hacer algo por Jesús agonizante de entonces, pero estrechamente unidos a él, podemos hacer algo por el Jesús que agoniza hoy, en los enfermos incurables, en los niños y jóvenes desamparados, en los lugares en donde se cometen tantos crímenes, secuestros y asaltos.

Jesús agoniza en el seno de hogares sin trabajo, sin techo y sin seguridades esenciales para vivir dignamente: en donde hay hambre de toda clase y carencias que claman al cielo como fruto de insolidaridad y egoísmo.

Podríamos decir mucho más al respecto, pero basten estas referencias que nos llaman a hacernos solidarios con Jesucristo doliente y generoso para todos, allí, en el huerto de los dolores y del amor sin fronteras.

JESÚS SUFRIENTE EN EL PRETORIO DE PILATOS 
En ese lugar del palacio de Pilatos, la soldadesca hiriente y odiosa, lo injurió con saña incontenible.

Escupieron su rostro, blasfemaron contra él; le pusieron una dolorosa corona de espinas; y lo flagelaron, Pilatos le hizo un juicio injusto y mortal sin causa que lo mereciera.

De esta manera se cumplió la profecía del profeta Isaías acerca del varón de dolores al ser ajusticiado injustamente con golpes y sin piedad.

Tal fue el sufrimiento de Jesús que ya no tenía figura de hombre, todo esto por un amor humano, divino y eterno con ansias de redención y liberación.

¡Tanto así nos ha amado Cristo nuestro Redentor! Suframos ahora con él para consolarlo con nuestro arrepentimiento sincero y leal.

CRUCIFIXIÓN Y MUERTE DE JESÚS EN EL MONTE CALVARIO 
Dejemos ahora el palacio de Pilatos y centremos nuestra contemplación en la hora de su crucifixión y muerte, camino redentor seguro hasta el mañana entrañable de su gloriosa resurrección de los muertos.

Jesús ahora está en la cruz de su sacrificio sacerdotal, desde ese momento de dolor y muerte en el ara de la cruz y con los brazos extendidos y clavados en ella, para abarcar a todos los hombres de la historia de la salvación y decirnos cuánto nos ama.

Jesús se entrega por todos y cada uno de nosotros, sin excepción de personas.

Debemos realizar el dicho de que “amor con amor se paga”; que obra y entrega hasta la muerte; se expresa soberanamente como rey inmortal y que nos obliga en la libertad del amor que nos participa para ser corredentores y poder trascender nuestra condición mortal, en aras del amor para cada uno de nuestros hermanos y para nosotros mismos, precisamente allí en donde tantos mueren sin entender el sentido de su muerte y caducidad.

Ante el misterio de la plenitud del amor que Cristo nos regala para salvarnos con él y por él, para el tiempo de este valle de lágrimas hasta la abertura y plenitud de su amor divino humano con esplendores de su resurrección trascendente e infinita.

¡Entreguémonos a Cristo y entonces el Padre eterno nos reconocerá como sus hijos adoptivos y sellados para siempre con la fuerza y el hálito infinito del Espíritu Santo, en compañía de María y todos los Santos, en la resurrección final!




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