Wednesday 07 de December de 2016

Ébola y la ceguera

Antonio Sánchez González      9 Oct 2014 22:00:04

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En 1995, José Saramago escribió Ensayo Sobre la Ceguera. Para los médicos, el texto es el apasionante relato de una extraña enfermedad epidémica que azota a todo un país, cuyos habitantes, excepto una, son sujetos de un inexplicable mal consistente en una profunda ceguera blanca que aquellos enfermos describían como un mar de leche.

Los afectados son puestos en cuarentena, pero a pesar de todas las medidas el país acaba llenándose de víctimas ciegas de aquella dolencia atroz e inexplicable; a medida que aumenta el pavor por el contagio, el estado entra en crisis y los personajes son presas del caos, la violencia, la ira y la muerte generadas por la incomprensible dispersión de la enfermedad. Saramago la describió como la novela que “desenmascaraba una sociedad podrida y desencajada”.

Las historias escritas a propósito del brote de enfermedad por el virus del ébola por los médicos que viven estos días en África occidental parecen extraídas del relato de Saramago: son la descripción de lo que siempre sucede cuando los gérmenes desnudan las carencias de los más pobres y la ceguera de la sociedad.

El actual brote del ébola que azota a los países del África ecuatorial ha provocado historias que los médicos conocemos bien: la subestimación del riesgo y las consecuencias de una epidemia en un área en la que prevalecen condiciones de vida miserables; el miedo causado por los rumores; la comunicación tardía de los casos por el miedo de los locales al estigma que produce la enfermedad, y después el gran número de pacientes muriendo en las narices de los médicos, incapaces de proveer tratamiento.

La manifestación final es la oportunidad pérdida de rastrear los casos y de aplicar las “sencillas medidas de prevención de contagios”. Todo ello contribuyó a una respuesta ciega.

En las regiones afectadas los ciudadanos han contado desde el principio dónde estuvieron los primeros infectados, describen cómo, al principio de la epidemia, la gente ayudaba a los otros a sufrir la enfermedad, pero después, los infectados huían hacia los bosques para evitar el estigma y el contagio. Por meses, esas aldeas lidiaron solas su lucha contra el ébola, sufriendo vergonzosos números de muertos.

En nuestros países, con sistemas de salud más sólidos, hemos dicho que no existe la posibilidad de un escenario similar, cosa seguramente cierta, pero en la prensa de estos días se leen textos que describen el torpe actuar de los médicos occidentales cuando nos enfrentamos cara a cara con este exótico germen cuyo actuar comprendemos todavía mal.

Las enfermedades infecciosas epidémicas siempre se ensañan con los que viven en la indigencia y recordemos que, querámoslo o no, hay zonas de México, en Oaxaca, Chiapas, Chihuahua o la Huasteca, en las que hay condiciones de vida y de salud miserablemente similares a las del África occidental.

Este es el siglo 21 y, todavía, las enfermedades epidémicas desenmascaran a las sociedades miserables, podridas y desencajadas.

Médico




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