Tuesday 06 de December de 2016

Educación y arte

Eric Nava Muñoz.      14 Aug 2014 21:00:07

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Pablo Helguera. (Cortesía)
Pablo Helguera. (Cortesía)
Los programas educativos en los museos tienden, afortunadamente hay excepciones, a verse como algo que el museo tiene que ofrecer, pero que le distrae de sus objetivos.

En términos generales, se cree que la colección del museo es bastante valiosa por sí misma, por lo que se espera que departamento educativo sea una suerte de guardería de verano o un día de campo para el sistema escolar.

La educación en los museos se limita a una visita guiada que termina con actividades -recortar, pegar y pintar- en algún rincón oscuro que también se ha usado como bodega.

Quienes ubican sus prácticas en la llamada crítica institucional utilizan los dispositivos de exhibición y educación del museo como medio para cuestionar qué se oculta detrás de lo que vemos.

Y también como un mecanismo para romper, o al menos tensar, los límites y los roles tradicionales en la producción y transmisión de conocimiento.

Ésta es una forma de trabajo que se encuentra constantemente en la obra de Pablo Helguera (Ciudad de México, 1971), quien se descubrió más interesado en lo que ocurre alrededor del arte, que en los objetos o acciones artísticas mismas.

Entrevistado para el sitio web The Pedagogical Impulse, dedicado a la intersección entre las prácticas sociales en el arte, la pedagogía y la producción de conocimiento, Helguera declara haber tenido dudas frente a la estética relacional, puesta de moda en los años 90.

Le preocupaba que alguien sin conocimiento de la comunidad, sin experiencia educativa, propusiera un proyecto que tenía la apariencia de una experiencia de conocimiento y tuviera la atención de medios especializados, pero no un impacto real.

En suma, que se creara la ilusión, a partir de la documentación exhaustiva de las acciones, de que algo realmente importante había ocurrido en la comunidad, de que algo había cambiado para bien.

Tal como ocurría, y sigue ocurriendo en los museos: se invita a grupos de niños y adolescentes para visitarlo, hay estadísticas que hablan de audiencias enormes, dibujos y fotografías para mostrar el “impacto” del museo.

Pero en el fondo, a nadie le importa lo que piensan los visitantes, ni cuál fue la verdadera impresión causada por las experiencias que tuvieron.

Para Helguera, que además de ser artista ha trabajado en los departamentos educativos de distintos museos, hay una gran diferencia entre el arte que se autoproclama como detonador de cambio social y el arte que realmente lo provoca.

Generalmente se cuestiona cuál es el papel de las prácticas sociales en el arte. Si se propone un proyecto educativo, ¿no sería mejor que lo realizaran profesionales en pedagogía?

También cabe preguntarse, ¿cuál es el sentido de sacar a los niños de un entorno diseñado para el aprendizaje, como la escuela, para llevarlos a un museo?

Como decíamos antes: los artistas se dan la libertad de tensar los límites, de experimentar sin tener que sujetarse a las reglas que impone una disciplina.

La educación en los museos puede beneficiarse de ambos mundos. Por un lado, dispone, o debería hacerlo, de personal capacitado para crear experiencias valiosas.

Por otro, cuando se alimenta de estrategias artísticas, cuando se libera de los objetivos inflexibles de la educación formal, puede experimentar y proponer estrategias que no tendrían cabida en otros espacios.




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