Thursday 08 de December de 2016
»Su nombre está presente en la conciencia de todos los que pretendimos ser médicos 

El médico

Antonio Sánchez González      24 Oct 2014 00:19:30

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Wlliam Osler escribió en 1898, “…Observa, aprende, clasifica, comunica. Usa tus cinco sentidos. Aprende a mirar, aprende a oler, aprende a sentir, y aprende que con la práctica solitaria puedes convertirte en médico, en experto…”.

Escribo en Día del Médico.

Todos los que alguna vez caminamos los pasillos de ese hospital aprendimos su nombre en los primeros minutos de estancia.

El primer contacto personal que tuve con él fue a través de una receta. Me la entregó un paciente del Altiplano en el piso de urgencias de nuestro hospital de pobres; era un hombre miserable a quien el Maestro había visto en su consultorio privado. La misma consulta en la que atendía al gobernador, a señoras encopetadas o a aquel cardenal de origen potosino. 

Era un papel grueso, verde menta, en el que solo se leían seis palabras perfectamente impresas con tinta negra en dos líneas “José de Jesús Macías Mendoza. Médico”.

Debajo había otras tres, en poderosa caligrafía manuscrita con tinta azul: “Favor de hospitalizar”. 
No recuerdo el diagnóstico del enfermo, pero estoy seguro que al día siguiente pasó a revisarlo y a cerciorarse que se le hubiera servido con decencia.

Recuerdo bien el segundo. Era miércoles, de noche y llovía, y el residente de primer año y yo esperamos un buen rato en la puerta del auditorio que ahora lleva su nombre a que terminara la sesión de la Sociedad Potosina de Estudios Médicos a la que, por supuesto, no teníamos acceso.

Apareció como siempre. De unos 50 años, cada cabello en su sitio, los anteojos en perfecta conjunción con su nariz, ese día con una gabardina gris. Nos escuchó con los ojos cerrados mientras le explicábamos los datos que creímos importantes para convencerlo de que nos revisara a la mujer del privado 4 de mujeres, con quien no hallábamos la puerta. Nada usual en ese hospital de gente necesitada en el que impera una feroz competencia profesional.

En los minutos siguientes, casi a la mitad del internado de pregrado, ya avanzada la carrera, recibí la más intensa clase de Medicina de mi vida. Fueron 20 minutos en los que cada palabra, cada gesto, cada toque, cada mirada, cada silencio contenían consideración y sabiduría. Nunca antes vi usar así el estetoscopio ni otras manos explorar igual un borde hepático y creo que tampoco, nunca más, la misma expresión de agradecimiento en los ojos de otra enferma.

Su nombre está presente en la conciencia de todos los que pretendimos ser médicos aprendiendo de las carnes de aquellos enfermos. Su presencia sirve de conciencia no solo entre los que nos entrenamos en el piso de Medicina Interna. Su nombre y su vida, enteramente dedicados a esos enfermos, a esa facultad y a ese hospital, es lo que hace que algunos intentemos comportarnos como tales.

*Médico




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