Wednesday 07 de December de 2016

El miedo de Juan Édgar Félix

Édgar Félix      24 Feb 2014 21:00:07

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Es dueño de dos tortillerías, una ferretería y tres tiendas de abarrotes. Es de esos hombres que se definen con pocas palabras: “vengo desde abajo”, porque para él no hacen falta más explicaciones al remarcar con ojos grandes y silabeando el “des-de-a-ba-jo”.

Y desde abajo son innumerables mañanas de levantarse temprano, caminar siete kilómetros entre cerros para llegar a la escuela, no comer sino hasta el regreso a casa, dormir pocas horas y pensar.

Ese acto de acomodar ideas para saber qué hacer- “Para construirse algo hay que fregarse un rato”-, dice como si fuera una regla matemática que a todos les debe resultar.

No siempre es así. Hay quienes trabajan mucho y ganan poco. Pero de esa famosa cultura del esfuerzo es de donde viene Juan (me pidió usar un nombre falso) que ya tiene otros primos cercanos como la masiva cultura del sacrificio. Esa cultura tatuada en los mexicanos, como Juan. Ahora secuestrado, reducido a un hombre triste y tímido y a un ser que se enoja cuando está seguro de que “los policías” y “los políticos” son los que se benefician de los rescates.

Juan es médico. Fue secuestrado en junio del 2013 por una gavilla de bandoleros que le cerró el paso cuando viajaba en su camioneta, en el estado de Morelos. La misma historia de todos los secuestros, con las consabidas secuelas psicológicas, con los golpes en el alma y el cuerpo, con esa poca importancia por la vida de las víctimas, por ese desencanto por los valores humanos y el Síndrome de Estocolmo o afecto por sus victimarios.

Por todo eso pasó Juan y ahora dice que “está peor” porque “trabajo y siento que todo este esfuerzo es para darles dinero después a esos zánganos”. ¿Para qué? Y dobla las manos.

En algunos momentos su voz es apenas perceptible. La voz de Juan es muy triste, no por los temas ni por el panorama negro que siempre pinta con sus palabras. Es triste en sí, de tono grave, arrastrado, ausente de vida y lleno de muerte.

Como una especie de grabación en un ser humano que habla porque tiene que hacerlo pero que habla porque se lo han pedido. Es una voz con esencia depresiva. Habla y deben caerse algunas hojas de los árboles, al menos, o se debe nublar el cielo por ese efecto en picada.

No fueron los 2 millones de pesos que debió entregar a los secuestradores para salvar su vida ni los golpes que recibió sino el daño viene por esa enorme impotencia en la que se encuentra: “desconfías de todo, de los policías, de los ministerios, de tus amigos, de la persona que viene a visitarte. Ese es el mayor daño”, relata.

Para Juan el dinero va y viene. El asunto es la corrupción del país, del estado de Morelos y de todo eso que llamamos autoridades. Para Juan no será difícil salir adelante porque ya ha puesto a la venta sus negocios y está dispuesto a irse al extranjero. Quiere viajar a Canadá. “Allá no tendré este miedo que me inunda”, lamenta.

 




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