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El misterio del taxi número 13 

Redacción      1 Mar 2014 22:28:47

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“Ese año de 1913, la Ciudad de México fue, como es bien sabido, teatro de un sinnúmero de acontecimientos trágicos debido al nefasto régimen de Victoriano Huerta y sus habitantes sentían intensamente ese malestar y esa zozobra que produce la absoluta falta de garantías.

Hacia la mitad de ese mismo año, la situación en el sitio de autos de la Avenida Juárez donde yo trabajaba, se acentuó en forma alarmante, debido a que eran ya muchos los automóviles desaparecidos junto con los choferes que los manejaban  

Por estas razones mi familia vivía en constante zozobra, ya que se imaginaban que tal vez yo sería la siguiente víctima.

Esto me obligó a buscar otro trabajo menos riesgoso, el cual obtuve en el Sitio de Taxímetros Renauld, establecido en la Avenida 16 de septiembre y Bolívar.

Este sitio gozaba de magnifica reputación entre nosotros por su clientela y porque hasta entonces no habían acontecido hechos trágicos en él.

Me designaron el taxímetro número 13. La mayoría de los choferes eran extranjeros, franceses y españoles y quizá debido a esto, y a que los taxis eran de construcción especial, no había desapariciones de éstos ni choferes secuestrados.

Una tarde, mejor dicho, en las primeras horas de la noche, cuando apenas acababan de encenderse los candelabros de la Avenida 16 de septiembre, abordaron mi taxi una señora y un caballero.

Por el pésimo español en que fue dada la orden de marcha comprendí que éstos eran extranjeros.

Se me ordenó ir con paso moderado hasta el Bosque de Chapultepec. Durante la travesía habían conversado en voz baja en un idioma ininteligible para mí y, ya en pleno bosque, a una indicación de ellos me detuve.

Acto continuo descendieron perdiéndose entre los muchos senderillos del bosque; fue entonces cuando pude observar con mayor amplitud a la pareja.

Ella era una mujer joven, como de 25 años de edad, rubia de ojos claros, alta y de facciones atrayentes, elegantemente vestida.

Él era un hombre de más de 50 años, también alto y un poco encorvado; vestía un traje gris de corte implacable y mantenía en sus labios una pipa que fumaba constantemente ahumando un pequeño bigote gris cuidadosamente recortado. 

Veinte minutos después regresaban al taxi. Ella parecía excesivamente nerviosa y al parecer disgustada, porque con brusquedad cerró la portezuela del taxi y me ordenó ir de prisa a San Ángel.


Salí de Chapultepec para tomar la calzada que conduce a Tacubaya y Mixcoac, para llegar por ahí a San Ángel.

En esta trayectoria no oí a mis clientes pronunciar una sola palabra.

Desde luego supuse que se trataba de dos cónyuges que por razones de ellos conocidas hubieran reñido y silenciosamente  se dirigían a su hogar, un hogar como los que estas personas gustan dentro de esas casonas palaciegas de esa lejana población, llenas de sombra, de vegetación y de ambiente aristocrático.

Tan deprisa como el mal camino me lo permitió, llegué a las primeras casas de San Ángel y, no teniendo dirección exacta a dónde conducirlos, les pregunté por ella, volviendo la cabeza ligeramente, pero no obtuve respuesta.

Disminuí la velocidad para volver a inquirir, esta vez en voz más alta por si no me hubieran escuchado, pero igualmente que la vez anterior, no obtuve respuesta.  

Entonces detuve el Taxi en el cruzamiento de una calle y girando completamente sobre mi asiento pregunte: ¿A dónde?

Y no terminé de formular mi pregunta porque por la débil luz del foco de la esquina pude darme cuenta de que el señor era el único que venía ya ocupando el asiento posterior del taxi y que recargado se había dormido.

Intrigado por esta circunstancia fortuita, bajé del vehículo y abrí la portezuela para despertar al caballero, pero no bien había hecho esto cuando puede ver que la señora venía echada sobre el piso y en una postura extraña.

Vi también que hasta el estribo del auto llegaba un hilillo de sangre y horrorizado observé que el hombre que aún se mantenía medio recostado en el respaldo, ostentaba una tremenda mancha de sangre en el pecho por la que brotaba aún ese líquido viscoso en forma abundante”…

Continuará...

Autor: Luis Jiménez Delgado.
Biblioteca de la Crónica del EstadoSigue esta historia





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