Sunday 11 de December de 2016

El Novenario de la Soledad

Javier Torres Valdez      20 Aug 2014 20:00:02

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El novenario, una fiesta profano religiosa de hondas raíces en el pueblo jerezano, es también una oportunidad para dejar brotar los recuerdos de hace medio siglo y conocer los cambios que este festejo ha tenido al paso de los años. Nuestras correrías por el atrio del Santuario con sus naranjos llenos de fruta era una tentación para ir tomar alguna de aquellas naranjas agrias para ponerle chile y sal y darnos un infantil banquete hasta que se nos “escaldaban” los dientes.

Los dueños y reyes de la situación eran por aquel entonces la palomilla del jardín chico, capitaneada por Manuel y Ángel Vargas, pues el santuario estaba prácticamente en su territorio, sin embargo eran tolerantes con quienes invadían su feudo, siempre y cuando, se comportaran de buena manera, lo que no siempre ocurría, pues otra palomilla del Callejón del Rebote, corrían con “palomas” y cohetones, a los que mandaban poner varas de membrillo, para “reguiletearlos” sobre sus cabezas y hacer huir a todo tipo de personas.

La calle del principal acceso al templo se saturaba de puestos con vendimias diversas: había elotes cocidos y tatemados, dulces de biznaga, calabaza y chilacayote, cortadillos de leche, pirulíes, melcochas, chicharrones de puerco, quesadillas, tacos, tortas y aquellas inolvidables gorditas doradas en manteca que vendía La Brillosa. No faltaban las conocidas “varitas”, golosinas que eran buscadas por los menores de aquellas épocas. Se trataba de una manzana verde de las huertas de la calle de Las Flores, cubierta de azúcar derretida con un color rojo intenso.

Es justo mencionar que por aquellas fechas llegaban a Jerez muy pocas marcas de dulces y casi todos los que aquí se consumían eran fabricados por nuestros paisanos, entre ellos se contaban los conocidos como quiebramuelas, greñudas, vaciladoras y cocobolas.

El gremio de los carniceros se distinguía por iluminar las torres del santuario con las llamas que producían unas cazuelas de barro llenas de sebo y provistas de una mecha que se mantenía encendida durante toda la noche.

Al ponerse en funciones la planta termoeléctrica de la CFE se colocaron hileras de focos para iluminar el edificio.

Por aquellas fechas no había ningún maratón musical para recaudar fondos, sin embargo la devoción de todos los grupos musicales se hacía presente desde la primera misa a las 5 de la mañana; los jerezanos eran despertados con el estallido de algunos cohetones, para que asistieran devotamente a sus servicios religiosos.

Desde hace ya medio siglo, la peregrinación más nutrida era la de los ranchos de la zona norte, quienes acudían a postrarse ante la venerada imagen de la Virgen de la Soledad, llevando como ofrenda la mejor caña de maíz acompañada de su fruto.


El padre Panchito (Acosta) recibía todos esos presentes para luego repartirlos a la gente humilde, que siempre ha existido en este Jerez.

Mientras eso sucedía “la chavalada” se enfrascaba en tremendas guerras a “ligazos”, donde el arma era una banda de hule, a la que se montaba un pedazo de cáscara de naranja como proyectil. Para frenarlos, el presidente Jesús Vela Ruiz ordenaba a sus policías detener a todos los menores que fuera posible; obvio resulta mencionar que muchas veces pagaron justos por pecadores.

Los menores de edad aprovechaban cualquier festejo profano o religioso para salir a jugar a la calle; quienes éramos niños podíamos jugar con un aro, balero, yoyo, trompo o canicas.

Las peregrinaciónes foráneas más nutridas eran las que venía de Ciudad Juárez y Torreón, pues aprovechaban el viaje para visitar al Santo Niño de Plateros y la catedral de Zacatecas.

El santuario tenía en su interior, una balaustrada de latón, misma que fue quitada por poner la que ahora tiene, ese cambio causó mucho enojo entre los devotos de la Virgen de la Soledad.

Al término del novenario y después de la quema de la pólvora, la gente se concentraba frente a la Presidencia Municipal, para escuchar el tradicional grito de Independencia. Luego el presidente municipal y sus regidores bajaban a la calle con la bandera tricolor y acompañado de un grupo de tambora,
recorrían algunas calles de la ciudad, seguidos de una muchedumbre que entre pecho y espalda ya traía algunos tragos de tequila.




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