Monday 27 de February de 2017

El pueblo de hace medio siglo

Javier Torres Valdez      20 Jan 2014 21:10:06

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Cuando hace medio siglo se acercaba la temporada de lluvias era común escuchar el incesante martilleo en los yunques de las fraguas de la calle Reposo, conocida en aquellos ayeres como “calle de las Fraguas”. En su trayecto, existían no menos de 10 de ellas y el infatigable trabajo se dejaba ver desde temprana hora, pues ahí llevaban a herrar a los caballos, “calzar las rejas”, arreglar las alas de los arados y “encarruñar” las barras, las hachas y los talaches para las labores de campo.

Y no es que los sistemas hayan cambiado tanto con la llegada de los tractores, sino que esos talleres han desaparecido prácticamente y sólo quedan unos pocos diseminados en toda la ciudad, por aquellas fechas hasta los escolares de la zona urbana eran partícipes de esta actividad que se relacionaba directamente con la siembra de maíz y frijol.

El temporal se iniciaba el día de San Antonio, o el día de San Juan, con alguno de aquellos memorables aguaceros que hacían crecer el río grande, hasta hacerlo brincar el puente de la calle San Luis, al construirse la presa El Tesorero, todo ese caudal quedó cautivo y el agua vino a solucionar el problema de muchas hectáreas “aguas abajo”, pero pese a que existe una amplia zona de riego, pocos son los jerezanos que se dedican de lleno a la agricultura, porque generalmente sus actividades las combinan con vueltas hacía Estados Unidos, donde realizan trabajos en el campo, sólo que por allá recogen dólares y por acá sólo sus esperanzas rotas.

La algarabía de los pequeños crecía con el primer aguacero y muchos de ellos sacaban sus barquitos de papel o de madera para echarlos a la corriente que se formaba en las cunetas de las empedradas calles.

No pocos vecinos aprovechaban también esa corriente para arrojar la basura acumulada de varios días, el servicio de limpia era muy deficiente, en las cuatro esquinas del jardín los vecinos depositaban su basura que era recogida en un carretón tirado por una mula de mal genio, el primer vehículo para recoger basura, fue el adquirido por el presidente municipal, Toribio Peralta Gámez, era un Chevrolet de tres toneladas, color rojo, manejado por un preso llamado Guadalupe Rodríguez, quien era de tanta confianza que al final de cuentas huyó dejando el camión lavado y encerrado en la entrada principal de la presidencia municipal, dejando un recado que decía que regresaría en tres días, sólo que no dijo de que año, pues hasta la fecha no lo ha hecho.

El patio de la presidencia municipal era el patio de la cárcel y existían numerosas “tapias” de lo que en un tiempo fueron celdas y “bartolinas”, una de ellas de dos metros cuadrados, lugar del que contaban que hasta los más empedernidos criminales lloraban pidiendo que los sacaran de ahí.

Cuentan que todavía en 1945, los presos defecaban en un barril de lámina que todos los días era cargado por dos de los detenidos y llevado hasta la orilla del río grande donde era vaciado, huelga decir que las señoras que lavaban su ropa en ese cauce lo hacían siempre del puente San Luis hasta el camino a Ciénega.

Cuando al paso de los años Jesús Sánchez reconstruyó el palacio municipal, todas esas ruinas desaparecieron dejando intacto un pozo que se encuentra atrás del patio de la sala de regidores.

Al iniciarse la instalación del drenaje por las principales calles de Jerez, les tocó a los presos la encomienda de elaborar los tubos de cemento y para “curarlos y fraguarlos”, se construyó una enorme pila de cemento que era llenada con el agua que a manos se sacaba de otro pozo que se encontraba aproximadamente donde ahora está la fuente central de la presidencia, en los días de calor, los detenidos sorteaban su turno para meterse a dicha pila y mitigar el calor de la canícula.

El oficial mayor de la Presidencia era un exsargento del Ejército Mexicano que solicitó su retiro en esta ciudad cuando aquí acantonaba el 38 Batallón de Infantería, su nombre no lo recuerdo, sólo su apellido Romaña, quien por su conocimiento en mecanografía fue designado para ese puesto, todo iba bien hasta que por alguna razón se tomaba algunas copas, pues entonces se ponía a declamar la obra de numerosos poetas mexicanos, en alguna de las cantinas en boga, este individuo más que sargento era un bohemio.

 




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