Friday 02 de December de 2016

El recuerdo de Pedro Caloca

Erika Flores      26 Oct 2014 00:29:28

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  • Miembro de una familia de sangre revolucionaria, Pedro Caloca destaca por su valor en la guerra civil, su exitosa
carrera militar, así como la veneración que siempre tuvo por su familia y su pueblo.(Archivo fotográfico de Ezequiel Ávila) (Cortesía) Miembro de una familia de sangre revolucionaria, Pedro Caloca destaca por su valor en la guerra civil, su exitosa
carrera militar, así como la veneración que siempre tuvo por su familia y su pueblo.(Archivo fotográfico de Ezequiel Ávila) (Cortesía)
  • Peter Eschenbach Caloca. (Imagen) Peter Eschenbach Caloca. (Imagen)
  • Pedro Caloca y su personal de guerra.(Archivo fotográfico de Ezequiel Ávila ) (Cortesía) Pedro Caloca y su personal de guerra.(Archivo fotográfico de Ezequiel Ávila ) (Cortesía)
  • Actual calle Francisco  I. Madero, en el Pueblo Mágico. El edificio del balcón, a la derecha, fue destruido durante la Guerra Cristera.(Archivo fotográfico de Ezequiel Ávila ) (Cortesía) Actual calle Francisco I. Madero, en el Pueblo Mágico. El edificio del balcón, a la derecha, fue destruido durante la Guerra Cristera.(Archivo fotográfico de Ezequiel Ávila ) (Cortesía)
  • Familiares y amigos del general, acompañados por el alcalde del Teúl, cuando los restos llegaron al Pueblo Mágico el 11 de junio pasado. (Imagen) Familiares y amigos del general, acompañados por el alcalde del Teúl, cuando los restos llegaron al Pueblo Mágico el 11 de junio pasado. (Imagen)
  • Familiares y amigos del general, acompañados por el alcalde del Teúl, cuando los restos llegaron al Pueblo Mágico el 11 de junio pasado.(Archivo fotográfico de Ezequiel Ávila ) (Cortesía) Familiares y amigos del general, acompañados por el alcalde del Teúl, cuando los restos llegaron al Pueblo Mágico el 11 de junio pasado.(Archivo fotográfico de Ezequiel Ávila ) (Cortesía)
  • Alicia y Rosa María Caloca Gutiérrez.(Archivo fotográfico de Ezequiel Ávila ) (Cortesía) Alicia y Rosa María Caloca Gutiérrez.(Archivo fotográfico de Ezequiel Ávila ) (Cortesía)
  • Además de prendas, tienen 475 libros que le pertenecieron. (Imagen) Además de prendas, tienen 475 libros que le pertenecieron. (Imagen)
  • Javier Chávez le contaba de su pueblo adorado. (Imagen) Javier Chávez le contaba de su pueblo adorado. (Imagen)
  • El Museo de Historia del Teúl tiene fotos y documentos del general. (Imagen) El Museo de Historia del Teúl tiene fotos y documentos del general. (Imagen)
  • Alicia Caloca, la hija menor. (Imagen) Alicia Caloca, la hija menor. (Imagen)
  • María del Refugio Caloca, sobrina. (Imagen) María del Refugio Caloca, sobrina. (Imagen)
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Marcado por la valentía de su padre Manuel, Pedro Caloca Larios siguió sus pasos en la Revolución Mexicana.

Nació en el Teúl de González Ortega el 21 de octubre de 1890, hace 124 años.

Ingresó a la Escuela Militar de Tlalpan, en la ciudad de México, pero desertó para participar en la Revolución.

Regresó al terruño, donde organizó una guerrilla al sur del estado.

Durante la Toma de Zacatecas tuvo la encomienda de guiar a sus hombres de la División del Centro para cerrar el cerco revolucionario en el Cerro de la Virgen y atacar el fortín de los federales en el de Las Bolsas.

Tras sobrevivir a las cruentas batallas de la Revolución, el teulense dedicó su vida a su familia y a prepararse, por lo que su trayectoria se siguió enriqueciendo con éxitos.

Ingresó al Colegio Militar de nueva cuenta, donde empezó de cero.

Fue ingeniero civil, ingeniero constructor y estudió aeronáutica; sus títulos son resguardados en el Museo de Historia del Teúl.

Hablaba inglés, francés y español, pues una temporada estudió en París y en Estados Unidos.

Entre los puestos que ocupó en distintas etapas de su vida están: general de división y del ejército en la División del Norte; subsecretario de Guerra y Marina; director de la Escuela Militar de Aeronáutica y después, jefe del Departamento de Aeronáutica en la Secretaría de Guerra.

Ascendió hasta general de brigada y fue jefe de la Sección de Revisión de Trabajos Topográficos de la Comisión de Ingenieros Militares, que auxiliaron al Departamento Agrario, según el historiador Luis Sandoval Godoy.

También fue subjefe del Departamento de Ingenieros, subdirector de Artillería y jefe del Estado Mayor de la Secretaría de Guerra.

Obtuvo medallas de perseverancia por 15, 20, 25 y 30 años en el Ejército, así como al mérito revolucionario, por participar en la gesta heroica.

Alicia, la hija que le sobrevive, lo recuerda como un hombre muy culto, al que le apasionaba la lectura.
“Leía mucho, le gustaba mucho la filosofía, leía los periódicos, iba a las pláticas de (José) Vasconcelos”, comenta.

Tenía una gran biblioteca; 475 libros suyos permanecen en una gran vitrina en el Museo de Historia, así como algunas prendas, documentos y medallas.

Entre ellos está el nombramiento de Ateneo de Ciencias y Artes de México por ser una persona muy culta.

Además, hay un reconocimiento otorgado por National Geographic, por haber sido miembro honorario de su sociedad.  

La huella del hombre
Pedro Caloca se casó cuando tenía alrededor de 34 años con María Gutiérrez Olivares, a quien conoció en Guadalajara y amó hasta el último día de su vida.

Su primer hijo fue un varón, que llamó como su padre, pero murió a los 5 años.

Tuvo dos hijas más, Rosa María y Alicia, quien a sus 83 años lo recuerda con mucho cariño y agradece el haber tenido su respaldo para estudiar en Bellas Artes.

“Mi papá era una persona muy sencilla. Fue un papá amoroso, con una línea recta de nunca robar, nunca mentir”, dice.

Ese hombre, a quien describe como muy delgado, moreno, ojos oscuros, de aproximadamente 1.78 metros de altura y cabello lacio, había destacado como buen caballista, habilidad que también tenía su padre Manuel Caloca Castañeda.

El matrimonio Caloca Gutiérrez nunca superó la muerte de su primer hijo, cuenta Alicia, por lo que cada semana la familia iba al Panteón Francés, en Guadalajara, a visitarlo.

El noble corazón de Pedro lo motivó a ayudar a gente que lo necesitaba, como los teulenses que llegaban en busca de empleo a la ciudad de México, donde radicó un tiempo.

Construyó una habitación exclusivamente para los que fueran de Zacatecas.

Incluso, “adoptó” a dos jóvenes familiares que se enlistaron en el Colegio Militar y que lamentablemente murieron muy jóvenes, por enfermedad.

Alicia platica que llegó a hacer donativos a gente muy pobre, aunque no se los contaba.
Al jubilarse, con el grado de divisionario, pasó los días en su hogar.

Casi no salía, al igual que su madre, a quien recuerda como una mujer muy entregada a la fe.

“Fue un esposo amorosísimo, de tal manera que cuando murió mi mamá, al mes se murió él”, platica la hija menor del matrimonio.

El general perdió la vida a causa de un paro cardiaco en 1976. Tenía 86 años y padecía insuficiencia renal. 


Mucho amor para dar
El general adoptó a sus sobrinas María del Refugio y Consuelo, hijas del también revolucionario Ignacio Caloca. 

Ellas decidieron irse con su tío porque no se sentían cómodas en el hogar que su padre había formado con su tercera esposa, Berta Flores.

Habían quedado al cuidado de una tía abuela.

Pero cuando murió, como su abuelita paterna ya estaba muy viejita y no podía cuidarlas, decidieron irse a la ciudad de México con Pedro para evitar el internado, a donde habían sido enviadas sus hermanas mayores: Josefina y Carmela. 

“Mi tío Pedro fue nuestro segundo padre”, dice orgullosa María del Refugio.

Con él permanecieron hasta que se casaron, por lo que quisieron mucho a Rosa María y Alicia.

“Crecimos como hermanas. Éramos dos bandos. Las dos de Ignacio y las dos de Pedro. Yo andaba con Rosa y mi hermana con Alicia”, cuenta la Caloca de 80 años.

Poco tiempo antes de cumplir 18 años, María del Refugio se casó con Javier Chávez, quien se hizo gran amigo del general.

Constantemente iba a su casa, que quedaba muy cerca de unos negocios que tenía en la colonia Álamos, y se quedaba horas platicando con el matrimonio.

“Platicaba con Javier y le decía que le platicara de su pueblo que tanto amaba y añoraba”, recuerda, pues su esposo es hijo de un revolucionario que luchó con Manuel Caloca.

Y, aunque Javier nació en Guadalajara, su niñez la vivió en el Teúl de González Ortega, que considera su tierra.

Tres años antes de morir, Pedro Caloca Larios cumplió su deseo de regresar al terruño.

“Estuvo muy contento, fue su última voluntad y pudo cumplirla”, dice la sobrina.

Amor al terruño
Javier Chávez fue un gran amigo del general, pues al igual que él, amaba a su pueblo.

“Me decía: ‘Platícame de nuestro pueblo. Sí general. No me digas general, Pedro a secas’.

“Le encantaba que le hablara del cerro, de los ríos, los montes, bueno…”, recuerda con alegría.

Además, podían platicar de varias hazañas de la época revolucionaria, anécdotas que prefirió reservar para plasmarlas en un libro, que ya empezó a escribir desde hace tiempo.

Su padre, Indalecio Chávez Luna, luchó con los Caloca.

Después de la guerra, puso una farmacia en el Teúl y llegó a convertirse en un presidente municipal muy querido.

Javier fue una de las personas que llegaron a buscar una mejor suerte a la ciudad de México y tuvo todo el apoyo del general, por quien, dice, tuvo un techo y qué comer.
“No soy músico, soy música”, se describe Javier entre risas, al comentar su gusto por la música y la escritura.
Por ello, ha hecho varias composiciones poéticas de los bellos paisajes y recuerdos que tiene del Pueblo Mágico.
La figura del abuelo
Peter Eschenbach Caloca recuerda a su abuelo como el mejor ejemplo de quien demostró que a pesar de no tener las mejores condiciones, alcanzó sus objetivos.

Luchó en una época difícil, en una ciudad pequeña y sin padre, comenta.

El hijo de Alicia recuerda una historia que le contaba el general, sobre una nube que le negó el agua a una flor porque tenía algo que hacer.

Después, cuando pudo regresar, la flor estaba muerta.

Con estas pláticas, Pedro Caloca Larios buscaba dejar arraigados los valores que lo ayudaron a conducirse por la vida, en su nieto de 10 años.

“A veces cuando te piden algo, te lo piden porque lo necesitan, ofrece tu ayuda en el momento  y no dejarlo para después”, le explicó.

Peter Eschenbach Caloca admitió que al crecer, le fue más sencillo comprender el peso que tuvo la figura de su abuelo en la historia del país y de su pueblo.

“Siento un orgullo y quizá una responsabilidad de hacer algo equivalente o hacer algo que sirva al bien común”, dice a Imagen.




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