Monday 16 de January de 2017
»Choferes de la Revolución y su paso por Zacatecas en 1914  

El rodeo a Salinas 

Redacción      1 Jun 2014 00:13:15

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“Después de nuestro encuentro con el resto del ejército a las órdenes del general Medina Barrón, venía de la desastrosa derrota de Zacatecas; el general Benjamín Argumedo, a cuyas órdenes me encontraba en calidad de teniente chofer, sin órdenes de México, dispuso que su columna se desviara hacia Salinas, población que juzgó estratégica para enfrentarse a una de las alas de la poderosa División del Norte y así cooperar un tanto para detener el avance arrollador de Francisco Viilla.

“Mi Prothos, durante las marchas forzadas a que se vio obligada la gente de Argumedo, había podido ir más o menos bien por aquellos caminos de herradura, veredas intransitables y senderos apenas trazados. No había sufrido la menor descompostura en el motor ni había faltado el combustible, ya que a su bordo llevábamos hasta cinco latas de gasolina, además de tener el tanque lleno, solo lamentamos la rotura de dos llantas que fueron inmediatamente repuestas por la refacciones que llevábamos.

“Pero ya cuando habíamos de marchar hacia Salinas, la cosa cambió de aspecto, ya que para llegar a este lugar necesariamente tendríamos que atravesar la sierra que es escarpada y difícil, con el agravante de que por ahí no había ni vestigios de camino carretero, sino veredas apenas para gente de a pie y cabalgaduras de uno en fondo.

“De esta suerte surgió el problema de trasladar el Prothos hasta esa población, pensándose mejor en abandonarlo, ya que se consideró abundantemente inútil en lo sucesivo, pero el general no estuvo de acuerdo y dispuso que diéramos un rodeo, para lo cual tendríamos que desandar lo andado hasta encontrar un camino real que conducía directamente a Salinas.

“Al efecto nos dio instrucciones y dinero para que inmediatamente nos pusiéramos en marcha ordenando que dos soldados y el teniente Ramitos me acompañaran en la travesía. Se nos dijo que en un pueblo por el que necesariamente tendríamos que pasar, había gasolina y posiblemente llantas para el automóvil, que nos proveyéramos de eso y que allá nos esperaban, porque seguramente llegarían mucho primero ellos que nosotros. 

“De esa misma población partía el camino de que se nos había hablado.       

“En estas condiciones, y sin perder tiempo, provistos de suficiente dinero, iniciamos nuestra marcha hacia Salinas. Esto ocurría como a las 3 de la tarde, y ya como a las 9 de la noche, después de no parar un solo momento en el trayecto, sino para echar agua y la gasolina que nos quedaba, llegamos al pueblo que nos había señalado para adquirir combustible y los neumáticos que nos hacían falta.

“Efectivamente, la población era de cierta importancia y pronto dimos con el comerciante que tenía artículos de automóvil. 

“Nos vendió tres cajas de gasolina y solo las llantas no, porque no las tenía, pero revisamos cuidadosamente las que traía el Prothos, convenciéndonos de que estaban perfectamente bien, por lo que consideramos que había que aguantar la jornada, tanto más que ahí en adelante tomaríamos el camino carretero que conducía directamente a Salinas, el cual se nos aseguró estar en magníficas condiciones.

“Debido a las reiteradas invitaciones del comerciante, Ramitos y yo decidimos pasar ahí la noche, convencidos de que a lo más sería un día de camino el que nos separaba de la citada población de Salinas y por lo tanto, no había necesidad de caminar de noche; metimos el auto en un corralón de la misma casa del tendero y nos entregamos al sueño que, por otra parte, no habíamos probado casi en lo absoluto tres noches antes.   


“Al día siguiente por la mañana, a eso de las 7, emprendimos marcha. 

“Efectivamente, el camino era bueno para aquella época en que todos los caminos eran de tierra suelta y pedregosos, por lo que, con la frescura de la mañana, mantuvimos muy buena velocidad.

“A eso de las 11 empezamos a ascender la primera y única cuesta del camino, la que escarpamos trabajosamente debido a la enorme cantidad de piedras grandes y rocas que interceptaban la carretera, las cuales sorteamos lo mejor que nos fue posible para no romper el automóvil.

“Ya en la cumbre, nos encontramos unas rancherías de uno y otro lado del sendero, en las que decidimos tomar algo de alimento, ya que habíamos salido sin habernos desayunado, pero grande fue nuestra desilusión al encontrarnos desierto todo aquello, no obstante que todos los jacales habían estado habitados momentos antes, ya que la gallinas y los cerdos estaban aún en los pequeños corrales de las casas y aún los perros se mantenían detrás de las cercas en actitud hostil; solo las personas faltaban y parecía como si hiciera momentos que abandonaron sus hogares, porque en algunas casuchitas aún humeaba el fogón y se mantenían en ebullición los contenidos de los trastos de barro.

“La cosa era extrañísima y realmente no pudimos entender la causa de la intempestiva huida de los moradores de aquellas rancherías, ya que a pesar de las voces que dimos por todos lados, no nos fue dable hacer comparecer a ningún ser viviente”.

Primera Parte 
Continuará...
 

Extracto de Choferes de la Revolución.
Autor: Luis Jiménez Delgado.
Biblioteca de la Crónica del Estado




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