Sunday 11 de December de 2016

En el pueblo había 6 policías y eran suficientes

Javier Torres Valdez      9 Jul 2014 21:00:06

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Felices tiempos aquellos en que la administración pública funcionaba con unos cuantos pesos que se recaudaban mediante el Registro Civil, impuestos de plaza, mostrenco y permisos para fiestas y rodeos.

Los funcionarios y empleados del ayuntamiento eran unos cuantos. No existían tantas direcciones ni departamentos, sin embargo aquello funcionaba.

El personal del municipio lo componían el presidente y su “mandadero”, secretario, tesorero y su ayudante; el juez del Registro Civil y un escribiente, tres jardineros, el inspector y seis policías, además de dos encargados del carretón de la basura.

No existían los gastos elevados de energía eléctrica, pues no había ese servicio; la presidencia municipal suspendía sus actividades a las 3 de la tarde, hora en que todo mundo se iba a comer y solo quedaba de guardia el alcaide de la prisión y dos policías.

No había internet ni servicio telefónico ni sistema de agua potable ni dirección de Obras Públicas, menos televisión; solo funcionaba con deficiencias el cine improvisado en el Teatro Hinojosa, donde desde una caseta en palcos, La Brillosa proyectaba aquellas series de Flash Gordon y La Invasión de Mongo, El Capitán Maravilla y una que otra de Johny Weismuller en su papel de Tarzán; esas cintas entusiasmaban a la chiquillada.

Había solo seis policías, pero eran suficientes para tener aterrorizado al pueblo gracias a sus sistemas de intimidación, captura y arresto. Los policías no andaban uniformados, la gente los distinguía porque en su cintura cargaban pistola, puñal, macana y unas tenazas hechas de varilla que podían fracturar la muñeca de los rijosos.

Entre los inspectores que más se recuerdan por su dureza está El Tragahombres, otro de nombre Gregorio de los Santos, originario de una ranchería de Jerez, quien decía que: "hasta los burros entienden a golpes".

Como armamento, los policías tenían viejas pistola calibre 38 y unos rifles que eran residuos de la Revolución de 1910 a los que la gente conocía como “mosquetones” y entonces, al igual que ahora, los policías tenían que comprar “el parque” y la verdad era que algunos cargaban la pistola solamente de adorno.

Por aquellos días existía un “matancero” apodado El Zurdo, quien una vez en la fiesta de El Montecillo, enfrentó a pedradas a un grupo de policías y pudo derrotarlos; días después fue detenido y para dejarlo libre tuvo que pagar una elevada multa.

Los seis policías de hace medio siglo carecían de patrullas, pues solo las conocían en el cine. Todos andaban pie tierra y el Sábado de Gloria se les autorizaba a que montaran a caballo, con el interés de guardar el orden entre los jinetes que gustaban de empinarle a las botellas de Sauza o tequila del Viejito.

Sin recordar la fecha en que se habilitó la primer patrulla en Jerez, los paisanos decían “Ora sí va a haber vigilancia”, con la patrulla, pocos se podrán escapar. Les faltaba considerar que aquel destartalado vehículo, conocido como La Perrera, no podía correr a gran velocidad entre las calles empedradas del pueblo, pues ya desde entonces los baches que causaban las lluvias duraban de un año al siguiente y pareciera que esa costumbre persiste, pues en la calle San Luis, llamada antes Suave Patria y mucho antes Belisario Domínguez, existen hoyos, que hacen caer a los peatones, sin que nadie se digne taparlos.

Y desde hace medio siglo, el centro de reunión de algunos policías es la zona roja, a donde acuden se supone a vigilar y cuidar el orden.

Por aquellos tiempos, la mayor novedad en el pueblo corría de boca en boca: -Hay nuevas... Hay nuevas... Decían refiriéndose a un nuevo cargamento de suripantas que llegaba al pueblo. Por aquel entonces era la costumbre que los dueños de los salones acudieran en auto de sitio al cuartel de la policía, para presentarle las nenas al inspector o comandante en turno.

El pueblo era pacífico y por las noches reinaba oscuridad y silencio alterado por los gritos de un borracho escandaloso que caminaba apoyándose en la pared para no perder pisada.

Cómo cambian los tiempos... 




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