Sunday 11 de December de 2016

 El poder transformador de la escuela 

Huberto Meléndez Martínez      14 Oct 2013 22:10:04

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Dedicado a aquellos estudiantes que esperan aprovechar una segunda oportunidad en la vida.

Un grupo de alumnos de aquella escuela primaria corría al encuentro del director que iba camino al plantel, al tiempo que vociferaban en coro mal armonizado: “Maestro… robaron la cooperativa de la escuela”.

El director apresuró el paso y llegó hasta el salón en donde había evidencias tangibles del robo: una ventana recorrida con un pupitre por dentro, que sirvió de escalón para dar salida a los ladrones; envolturas de dulces y frituras esparcidas por el piso, migajas de golosinas cerca de la ventana; varias pisadas inconfundibles que sobresalían por el polvo que dejaron en un piso impecablemente aseado un día antes a la hora de la salida; algunas de zapatos empolvados y numerosas huellas de las patas de un perro.

Fue muy fácil encontrar al responsable del hurto. Un alumno, El güero, del sexto grado, andaba frecuentemente por las calles acompañado de su perro llamado Campeón y había sido visto por los vecinos, merodeando por la escuela la tarde anterior.

Luego de llamarle e intentar hacerlo confesar, la muestra de las evidencias hizo reconocer que no había tomado dinero. Fue una anécdota que se contaba a carcajadas de por medio, durante varios años porque la inocencia del ladronzuelo se manifestó al decir que él sólo se había comido los dulces y las frituras, pero que aquellas golosinas de dulce cremoso en envases pequeños de plástico, tapados con una cubierta auto adherible, los había consumido su perro. Las risas eran estruendosas cuando recordaban que esos dulces sólo pueden comerse con cuchara, previo desprendimiento manual de la tapa.

Hubo la consabida entrevista con los papás. La dirección de la escuela emitió una sanción categórica y cruel. El güero fue expulsado de la escuela por el resto del ciclo escolar. La comunidad era pequeña y no había otra escuela a dónde poder seguir con sus estudios. Irremediablemente tuvo que perder el curso.

Al año siguiente el padre de familia se acercó a inscribir a su hijo. El director manifestó titubeo y consultó con sus profesores la solicitud, recordando que se tuvieran en cuenta los antecedentes del joven estudiante.

Se decidió aceptarlo con la condición de que “Al primer incidente de conducta se le vuelve a expulsar”. Fue buena la decisión de volverlo a aceptar. Indudablemente que este alumno recibió también el apoyo y atención de su familia porque, por fortuna tuvo un desempeño eficiente en ese año. Se graduó con buenos resultados y uno de los signos más notorios en su conducta fueron sus ganas de seguirse preparando. Terminó la primaria con la convicción de inscribirse en la escuela secundaria.

La escuela diariamente tiene que afrontar el reto de intentar modificar la conducta de sus alumnos. Si a la primera intención no lo consigue, debe seguir insistiendo, empezando todo de nuevo, reiteradamente una y otra vez.

Cuánta razón tenían los alumnos de Barbiana en su libro Carta a una profesora, cuando decían que si la escuela pierde a sus alumnos, entonces “… la escuela no es una escuela. Es como un hospital que cura a los sanos y rechaza a los enfermos.”

*Presidente nacional de la ANPM




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