Sunday 04 de December de 2016

En Salinas

Redacción      29 Jun 2014 00:46:28

A- A A+

Compartir:
(César Navarrete )
(César Navarrete )
“En la Hacienda de Guadalupe, después del combate con la gente de Argumedo, las fuerzas de Nicolás Fernández se dieron la tarea de levantar el campo, recogiendo a los heridos y sepultando a los muertos.

“Por parte de los villistas, hubo hasta 25 cadáveres, mientras que los de Argumedo apenas si serían unos ocho a lo más. 

“Terminadas estas penosas labores, se ordenó que todo mundo desensillara sus caballos, se dieron pasturas y se permitiera un poco de reposo a las bestias.

“Se mandaron dos o tres avanzadas y, de este modo, toda la gente se entregó al descanso y como a eso de las 3 de la tarde, la mayor parte dormía no sin antes haber tomado un poco de alimento.

“Mi automóvil Prothos había llegado hasta esta hacienda sin novedad y por lo tanto, los cachibaches de la pertenencia del jefe Fernández, tales como colchoneta, almohadas, cobijas y trastos de cocina, fueron bajados con el propósito de hacerle lecho al general y un poco de comida.

“Debajo de uno de los más frondosos árboles se improvisó el campamento y precisamente junto a mi Prothos para no descuidar ni un momento el dinero, que era el tesoro de la columna.

“Dos o tres mujeres de oficiales villistas se aprestaron a cocinar para el general y los que lo rodeaban, y de esta manera se improvisó un pequeño banquete. Se comió gallina asada, cecina y exquisitos frijoles de la olla, que después de no haber cenado ni almorzado, venían de perlas en nuestros estómagos vacíos.

“Naturalmente que a mí se me participó de esta pitanza y entre bocado se charlaba, hasta yo, que como quien dice era un perfecto desconocido, toda vez que la fatalidad me había reunido con ellos.

“El general Fernández ha sido y sigue siendo de una seriedad austera en su manera de ser y de obrar a prueba de humorismos y de hilaridades vanales; sin embargo, eso no fue obstáculo para que al final de la comida se dijera más de un chiste ajeno o propio a costa de los demás.

“Todos habían dicho algo, unos más, otros menos y ya parecía haberse agotado el repertorio, cuando alguien se fijó en que yo no había dicho ninguno y por esto, el general dirigiéndose a mí dijo: ‘A ver amigo, no ponga esa cara de tristeza, díganos algo de los que se echan por allá en la Capital…

“Ni corto ni perezoso empecé por pedir disculpas si decía alguna balandronada que pudiera ofenderlos y acto continuo les lancé uno que estaba de moda por aquellos días y que precisamente se relacionaba con la política de entonces.

“Empecé: Y ustedes no saben por qué mi general Villa duerme amarrado todas las noches?  
 
“‘¿Amarrado? ¿Quién dijo eso?’, contestó el general Fernández.

“‘Eso dicen por allá, agregué, en el Gobierno Federal, con eso que ahora todos los generales

chaquetean… pues por eso duerme amarrado mi general Villa, para no voltearse”’…. 

“El chistecito, tan gastado como estaba por otros lugares, ahí era perfectamente desconocido y por esta razón causó el efecto que yo deseaba entre aquellos villistas que rieron a carcajada limpia hasta cansarse.

“Cuando se volvió a hacer el silencio y terminaron los comentarios, el general Fernández dijo dirigiéndose a los presentes:

“‘Miren, miren, el compañerito este los trae buenos’.

“Y dirigiéndose a mí, agregó: ‘Ya se lo contará usted personalmente al general Villa’.  

“Pasamos ahí el resto del día y la noche, y al día siguiente, a las 4 de la mañana, ya lista toda la gente, emprendimos la marcha hacia Salinas, que no distaba sino unas tres o cuatro horas de marcha de la hacienda donde nos encontrábamos y, como en la jornada anterior, mi Prothos, cargado con el tesoro y custodiado por la gente misma que nos traía a su cargo, marchamos a la retaguardia de la columna.

“A las 10 de la mañana estábamos en el poblado sin haber disparado un solo cartucho, debido a que no había ahí enemigo de ninguna especie, ya que Argumedo, el único peligroso por esos contornos, había tomado la sierra con rumbo al norte.   

“El cuartel general se estableció en la estación, a bordo de un tren mixto que iba a salir y que no salió debido a nuestra llegada.  

“El dinero que traía el automóvil lo colocaron en el carro que se instaló el general, lo mismo que todas sus pertenencias, ordenándose que procurara todas las refacciones que fueran necesarias, tales como llantas y cámaras, buena gasolina, llaves de tuercas y tornillos que hicieran falta.  

“Para estas fechas ya casi se me trataba como a gentes y la camarería de los que rodeaban al general me sirvió de mucho, ya que de esta manera se me empezó a tomar confianza”.

Continuará...   


Extracto de Choferes de la Revolución
Autor: Luis Jiménez Delgado
Biblioteca de la Crónica del Estado





Comentarios
No existen comentarios aún
Accesa o regístrate para poder comentar

Lo más leído
Mi delito... cegarme de coraje
Aplicaciones


Servicios
$ Dolar
Compra 20.60
Venta 21.1
€uro
Compra 21.98
Venta 22.48

Multimedia



©Todos los derechos reservados
GRUPO EDITORIAL ZACATECAS, S.A. DE C.V.- De no existir previa autorización, queda expresamente prohibida la Publicación,
retransmisión, edición y cualquier otro uso de los contenidos de este portal.




Aviso de privacidad